Sylvia_1976
La arquitectura de las grietas
Ella comenzó a replegarse en sí misma.
Ya no recordaba con exactitud la huella que sus manos dejaban sobre su cuerpo, ni la calidez de aquel espacio entre los dos que, cuando estaban juntos, parecía hacerse cada vez más pequeño.
Con el tiempo, aquel recuerdo se transformó en una pequeña nube que atravesaba su mente de vez en cuando, sólo para recordarle algo esencial: que el ancla más firme a la tierra era ella misma. Porque ya no podía dejar su calor en manos ajenas.
Entonces comenzó, lentamente, a tapar grieta a grieta con pequeñas dosis de amor propio y compasión hacia su ser.
Y todo empezó a cambiar.
La elección estaba hecha.
El invierno en su pecho dio paso a una primavera silenciosa.
Ya no buscaba refugio en tormentas ajenas ni mendigaba el calor que otros no sabían ofrecer.
Una mañana, al mirarse al espejo, no vio el vacío de la ausencia.
Vio la inmensidad de su propio mapa.
Sus manos recorrieron su piel reconociendo cada relieve, cada cicatriz, cada batalla ganada. Y el espacio que antes se encogía ahora se expandía hacia el infinito. Descubrió que su propia presencia era suficiente para llenar la habitación entera.
Frente al reflejo de sus ojos, su voz interior rompió el último hilo.
-Te agradezco el refugio que fuiste cuando aún no sabía cuidarme -le dijo en silencio a la sombra del ayer-. Te agradezco las lecciones, el dolor y la espera. Pero ya no pertenezco a ese lugar pequeño. Te dejo ir, no con rabia, sino con gratitud por haberme traído hasta aquí. Ya no te busco en otros cuerpos. Me he encontrado a mí misma. Quédate atrás; mi presente reclama todo mi espacio. Adiós.
Y entonces la pequeña nube de nostalgia cambió de color.
Ya no traía lluvia, sino una brisa ligera.
Ella comprendió que era el barco, el mar y también el faro.
Y por primera vez en mucho tiempo, navegó en aguas completamente tranquilas.