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Se trataba de un pequeño tubo con una parte superior enroscada y una varita larga para su aplicación. La parte superior es negra con un intrincado diseño en plata, como vides a lo largo de los lados. Cuando lo abre, huele a caramelo. Lo sostiene frente al espejo y duda, deteniéndose justo antes de que la punta suave y colorida toque su labio inferior.
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-Ese es un color digno una chupapollas- habría dicho Denki una vez que llegaron al bar luego de estar en la casa de Katsuki. - Combina bastante contigo-
Mina arrugó la cara y sacó la lengua, agitando su cabello rosa sobre sus hombros. Se lo había dejado crecer luego de su habitual corte de secundaria y su nuevo estilo le quedaba muy bien, luciendo como nubes de algodón de azúcar alrededor de su rostro. Realmente bonito.
-Deberías saberlo-, bromea, sentándose en uno de los taburetes vacíos. Dejó su bolso con estampado de leopardo sobre la mesa y sacó un espejo brillante con forma de gato que abrió rápidamente para verificar su apariencia.
-Sí-, asintió Denki, sin inmutarse -Debería-.
El rojo de sus labios era atrevido. Un tono brillante que resaltaba las motas doradas de sus ojos de una forma que la hacía parecer un poco salvaje, en el mejor de los sentidos claro. Katsuki siempre pensó que Mina era una chica bonita, incluso cuando estaban en el instituto. A él no le gustaban para nada las chicas, pero si lo hiciera, Ashido sería la primera por la que caería rendido.
Es una chica guapa y divertida, que siempre olía a chicle, y tal y como este, ella era bastante dulce. A pesar de que su Quirk afectara a su aspecto físico, sabe como dominarlo y con eso logra atraer a la gente hacia ella. Probablemente eso es lo que atrajo a Eijirou hacia ella cuando estaban en la escuela. Katsuki se pregunta si tal vez por eso está tan interesado en ella.
El pelirrojo siempre la miraba. En los viajes. En las clases. Durante los entrenamientos. Katsuki observaba cómo los ojos de Eijirou la seguían como un animal hambriento, babeando tras ella como un pequeño cachorro enamorado. Entonces Katsuki la odiaba. Odiaba su estúpido pelo rosa, su estúpida piel bonita y sus estúpidas pecas que espolvoreaban sus mejillas como la luz de las estrellas.