Capítulo 5 - Cuando el Sol Arde Demasiado

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La puerta se cerró con un golpe que resonó como un trueno en el pasillo. Del otro lado, el silencio tenía densidad propia; el resto del departamento permaneció inmóvil, como si el mundo entero contuviera la respiración. Namjoon apoyó la frente contra la pared, intentando juntar ideas coherentes entre tanta adrenalina.

—Esto es malo. Muy malo —murmuró, aún sin creérselo.

—Es un puto desastre —repitió Yoongi, con los puños apretados—. Si le hace algo... lo mato.

Taehyung y Jimin no sabían si reír, llorar o gritar. Jungkook hacía malabares con su ansiedad conteniéndola en forma de papas fritas y miradas cortas hacia la puerta cerrada.

Por dentro, todo era otra cosa. La habitación respiraba en un tempo propio. Dina, pegada al pecho de Hoseok, sentía el calor agudo, la respiración recortada; percibía la vibración de su corazón como si latiera contra la sien. Su aroma —ese chocolate y fresas que a veces creía una suerte de broma genética— se mezclaba con la menta-pino-vainilla que emanaba de él; la combinación era un estallido que desordenaba la cabeza.

Su entrenamiento le hablaba en voz alta: protocolos, supresores, dosis, respiración controlada. Su instinto hablaba en otro idioma: hambre de contacto, llamado ancestral. Debía elegir la medicina, no el deseo.

—Hobi, mira —susurró con voz baja y templada—. Escúchame. Soy Dina. Soy la doctora. Estoy aquí. ¿Me escuchas?

El cambio no fue instantáneo, pero sí perceptible. Los músculos de Hoseok continuaron tensos, pero sus manos aflojaron la presión sobre la espalda de Dina. Sus ojos, todavía oscuros y profundos, buscaron los suyos con una mezcla de necesidad y confusión.

—Soy tuya... —murmuró él, de una voz rasgada que sólo podía pertenecer al más primitivo de los instintos—. Mía... Omega...

El eco de esa palabra provocó un escalofrío en Dina. Reivindicación, reclamo, un hueco de posesión que encendía alarmas en su formación médica. Si aquello escalaba, un Alfa en celo podía lastimar o ser lastimado. Tenía que actuar ahora.

Con movimientos medidos, buscó en su bolsa el estuche con los supresores que le habían dado en la oficina. Estaban allí: jeringas preparadas y etiquetas perfectamente legibles. Respiró hondo; cada gesto tenía que ser preciso.

—Voy a administrarte supresores, Hobie. Tranquilo, te prometo que no duele —dijo, tratando de envolver la frase en ternura profesional.

Él ladeó la cabeza, confuso y casi pidiente.

—Ayúdame... Omega... calma...

Sus manos, aún temblando, se alzaron para sostener la suya. Dina sintió la presión, pero no retrocedió. Había demasiadas historias de Omegas que huían en el primer signo de celo; ella no iba a ser una de ellas. Se inclinó para alcanzar el paquete estéril sobre la mesita de noche.

Abrirlo fue un acto ritual: guantes puestos, alcohol, jeringa preparada. Todo tan clínico que por un segundo la escena pareció incongruente con los rugidos y el calor. Pronto comprendió por qué: la ciencia y el instinto debían coexistir; la una no anulaba a la otra.

Colocó la aguja con pulso firme en el pliegue del hombro de Hoseok. No hubo grito; no hubo retirada brusca. Él jadeó, dejó salir un suspiro largo, y sus manos aflojaron finalmente del cuerpo de Dina, como si aquel pequeño pinchazo pusiera un freno mecánico a la tormenta interior.

La respiración de Hoseok se hizo más regular. Sus párpados ya no ardían en sombra completa; la luz marrón de su iris volvía a tomar forma. Dina apoyó la frente contra su pecho por un segundo, cerrando los ojos para absorber la normalidad que volvía.

EL MEDICAMENTO SE LLAMA: AMORDonde viven las historias. Descúbrelo ahora