¿DÓNDE ESTÁS, ELENA?

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Yo así no puedo aparcar lo de Sergio.

Otro sueñecito de los de dejarte en Babia todo el día. Me despierto mala, releches, y luego no puedo pensar en otra cosa. En el trabajo he pasado de la euforia del lunes, a estar mirando a la nada y Goyo mirarme a mí, claro está.

—Elena, ¿estás bien? Llevas esta semana muy rara. Pasas de un estado de ánimo a otro en poco tiempo. ¿No andarás con drogas no?

—Lo siento Goyo. No, no, para nada son drogas. Momentos un poco complicados. Perdona, ya me centro.

—Tranquila, ya sé que de normal no estás así, pero estaba preocupado por tanto cambio. Si te puedo ayudar en algo, dímelo.

—Gracias Goyo, sé que puedo contar contigo.

Goyo era mi jefe desde hacía dieciséis años. Cuando acabé de estudiar artes gráficas, hice las prácticas en su imprenta y allí me quedé. Ya no le faltaba mucho tiempo para jubilarse, y aunque nunca ha sido el hombre más cercano y hablador del mundo, siempre ha sido respetuoso y comprensible, y en todo ese tiempo me conocía de sobra, claro. La verdad es que él era buen jefe y yo buena trabajadora. Así que cuajamos desde el principio.

Ahora solo tenía que quitarme a Sergio de la cabeza y centrarme en el trabajo. Pero no había manera. Los sueños eran demasiado reales y los revivía una y otra vez y cuando quería desconectar, mi mente se iba al domingo en su cocina y me era imposible salir del bucle en el que me había metido.

Tan absorta estaba, que al final Goyo se me acercó y me dijo:

—Elena, mira, esta tarde no hay mucho lío por aquí. Tómate la tarde libre y despéjate de eso que tienes dando vueltas en la cabeza. Espero te ayude un poco. Con que dejes las tarjetas en sus cajas antes de salir, me vale.

—Eh...esto, Goyo, muchas gracias. Y perdona por mi comportamiento. Prometo no fallarte mañana.

—Sé que no lo harás. Aprovecha la tarde.

—Mil gracias, de verdad.

Acabé con la tarea que me pidió y tenía claro lo que iba a hacer esa tarde.

Hacía un día muy bonito para ir en moto, así que no dudé en ponerme el casco poco después de comer y marcharme a la playa a sentarme en la arena y mirar al horizonte.

Junio y entre semana me dejaron disfrutar de una playa poco concurrida. Con olas grandes cabalgadas por tablas de surf y unas cuantas parejas aquí y allá. Me senté en la arena en la zona en la que siempre me ponía y me descalcé. Me gustó sentir el tacto de la arena caliente mientras jugueteaba con ella entre los dedos de los pies. Observaba su movimiento mientras mi cabeza trataba de ordenarse.

No conseguía entender cómo habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo. Mi decisión de separarme, vender la casa, hasta de empezar en un gimnasio pero lo que más inquieta me tenía era lo de Sergio. No entendía cómo había empezado aquella atracción por él. ¿Cómo había podido perder el control y pasar a desear que los sueños fueran reales? Le deseaba a él, alguien con el que he crecido y habíamos compartido todo. ¿En serio pueden cambiar los sentimientos hacia una persona solo por unos putos sueños? ¿Por algo que yo no buscaba ni se me hubiera ocurrido imaginarme estando despierta? ¿En serio puede ocurrir sin más ni más? Quería negármelo, pero me levantaba pensando en él y me acostaba pensando en él. Quería que él me abrazara, quería sentir su piel y quería que su olor se me quedase impregnado.

Sergio siempre ha estado ahí para mí y yo para él, pero de otra manera. De esa manera incondicional entre amigos o entre hermanos. Hemos hecho trastadas juntos, hemos ido de fiesta, de compras, hemos viajado. Lo hemos compartido prácticamente todo a lo largo de nuestra vida. Hasta el piso en el que vive lo vimos juntos porque él sin mi opinión no lo compraba. Todo, menos la parte íntima de cada uno. Eso siempre había sido de cada uno. Pero ahora yo le deseaba como mujer y mi cabeza estaba volviéndose loca.

Te sueño dormida, te sueño despiertoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora