CAPÍTULO PRIMERO - Caín

118 37 9
                                    


La noche no es más sin recordar aquellos días pasados, pues viene desde hace un tiempo dejando paso a la melancolía y la nostalgia en sus sueños y sus días. El dolor y la tristeza lo dejan ver sus ojos profundos y de un color que emula aquellos cielos que en verano dejaba ver la tierra, su tierra.

Debió decidir entre amar y sufrir. Ha dado paso también, dentro de aquellos sueños y recuerdos, a pensamientos que traen una y otra vez aquella decisión que hoy le lleva a arrepentirse.

Hoy, las noches le recuerdan su verdad cada vez que despierta de un sueño que es tan real para él como lo son las creencias de alguien que ha perdido su fe. Se pierde en los días y las noches por lugares que le son amados y otros que quisiera dejar ir mientras despliega alas enormes que pudieran llegar alguna vez si sé lo propone; prefiere soñar mil veces y mil días en lugar de perderse, quizás, en su propia mente y en aquello que vive clavado en lo más profundo de su corazón.

Alguna vez creyó en la voluntad de un Dios que hoy le sonríe a ratos y le consuela cuando parece serle agradable en los momentos que vive y sufre, o en las noches y días en los que huye y grita. Teme, de vez en cuando, no saber cuándo son sus sueños o son realidades que quisiera poder entender, pues apenas sabe por qué ha llegado hasta aquí. Busca a ese Dios que parece haberle abandonado y no lo encuentra cuando sus días son tan normales y calmos que le desesperan de vez en cuando.

Quizás no confíe en la realidad; ha ganado esa incertidumbre con el paso del tiempo. Cuenta y marca en los muros el paso de los soles, esos de cautiverio y libertad que solo sabe qué pasan. Lo sabe con cada línea que traza en los muros mientras cuenta horas que no le dan indicios para construir su propia verdad.

Oculta el dolor que se esconde en su rostro, debe hacerlo, pues el tiempo le augura que pronto ha de llegar su final. Guarda también la esperanza de un mañana que vive en sus sueños, aun cuando no sabe si este lugar es aquel que le traen desde los mismos. Oculta un dolor que, a pesar de todo, siempre estará ahí.

Sé, también, que soy parte de su incertidumbre. Vengo a él cuando piensa y recuerda esos momentos en que los celos le hicieron odiar. Fue su propio Caín; una envidia insana le sumió en pensamientos que hoy no sé bien si han sido o si son parte de sus sueños y su mente.

Vive y piensa rodeado de flores, huyendo de un crimen que ha cometido en ambas realidades que ahora le son inciertas.

No hay nada que le libere de su prisión y, mientras vive rodeado de flores, huyendo del dolor de un destierro cruel; recuerda el rostro de quien ama. Dejó atrás su vida y se sumió en una luz de esperanza que le embarga y le confunde sin saber cuándo y en dónde vive realmente. La melancolía y la desesperanza juegan con su corazón cada noche que se convierte en día tras cerrar sus ojos.

Hoy la noche es fría, más que de costumbre. Quisiera poder entender el porqué de la gelidez que cubre su cuerpo, para así poder explicarle que no es un augurio más del destino; sino una simple noche distinta a las cálidas noches de verano que anhela volver a vivir.

Sé, al ver sus ojos cerrados, que se encuentra en aquel lugar que ambos conocemos, ese lugar cubierto de flores y árboles de apariencia amable que cubren su huida. Sé también, que llora de vez en cuando en algún rincón mientras huye.

Extraña su lugar y el calor de una madre que le entregó sin miramientos a las inclemencias de una vida en soledad.

Extraña, poco más que su hogar. Entre ese poco que es de su anhelo volver a ver, está aquello que le trae hasta su corazón un dolor sin fin; su amado ángel de luz, aquella que le guardaba cálidas noches para confortarle cuando los días y las horas pesaban sobre sus hombros y las inclemencias de una vida olvidada por Dios le cogían y envolvían en un sufrimiento que hoy, a pesar de todo, extraña.

Ambos conocemos que cada noche y día que vive sin saber realmente cuál es su verdadero camino, piensa y mira hacia el pasado, queriendo regresar y poder tomar algún otro rumbo que le permitiera llorar en un rincón sus desdichas, pero con un camino y un destino que le fuese favorable y feliz.

Su realidad es una sola, ambos desconocemos cuál ha de ser, y su camino lleno de nubes grises le augura un final que no quisiera revelarle, pues guarda aún la esperanza de volver a su tierra.

El cómo, no lo sé; pero camino entre ambas realidades a voluntad y comparto con él cada lugar que visita. Prefiero verle en sus noches, pacífico, mientras su respiración le contiene y sus ojos permanecen apacibles sin abrirse. Cuando oigo su llamado, atravieso ese delgado velo que separa su día y su noche y acudo a consolarle o ayudarle siendo menester de él.

¿Recuerdas cuando te conocí?

— Lo recuerdo muy bien. Al igual que ahora, abrí mis ojos y te vi sentado entre los barrotes.

Aún no sabemos cuándo es cuándo, ¿verdad?

— Lo sé, cada vez que duermo, ya sea de noche o de día, me despierto en otro lugar.

Quisiera saber cuándo estás realmente despierto. Solo se vive una vez y siento que nuestro camino no nos está enseñando nada, más bien veo como sufres en ambos lugares sin poder yo hacer nada por ti.

Hay muchos senderos por los que debemos avanzar y hoy estás aquí, dónde solo existe el dolor que heredaste de tus acciones. Ya nada podrá liberarte de esta prisión.

Lamentas, lo sé, cada paso que das del otro lado de tus ojos y, en este lúgubre lugar, te marchitas esperando el día en que una luz te libere de este suplicio. Debiste decidir entre amar u odiar, y hoy temes el paso de los días, marchitos e infelices, que apenas permiten ver un fugaz destello de esperanza que se esfuma cada vez que el cerrojo en la celda contigua es abierto.

Duerme. Sueña con aquellas flores y vive cada rama que roce tu cuerpo en tu huida. Te señalarán de aquel lado; entonces oculta tu dolor y sonríele a la vida mientras sangras en tu interior. Te veré allí, del otro lado, pues siempre estaré contigo cuando me llames; es preferible tu huida que tu desdichado cautiverio, y eres apacible cuando tus ojos permanecen cerrados de este lado de aquella delgada capa que separa nuestros sueños y llamamos realidad.

— Quisiera que no me abandones esta vez. Cuando te vas, siempre he de temer.

Conozco y sé, aun cuando no quisiera, cuando sufres en esta prisión de soledad arropado tan solo por la luz de la luna. Sufro, también, cuando lloras y piensas en aquellos días que han muerto tras lo que fuiste alguna vez.

Volveré, lo prometo. Solo duerme y alquila sentimientos de amor y paz que compartes aquí conmigo y te son vanos entre estos fríos barrotes, así, al menos, podrás disfrutar en libertad de aquello mientras las flores te rodean. Siempre estaré allí contigo, pero he de apreciar siempre la paz que te acoge cuando duermes de este lado.

Duerme y huye, pronto sabremos cuando ha de llegar por fin el conocimiento que nos revele nuestro verdadero lugar.

— Acompáñame esta vez. No quiero las flores. Sin ti he de sentirme vacío y muy solo.

Quizás llores, he de comprenderlo. Te acompañaré entonces. Cierra los ojos y vuelve a las flores de tu mal habida libertad; así sentiré contigo el aroma del bosque que guarda a tu frágil ser.

Duerme.

La jaula de oro (completa)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora