El Futuro

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Era un día ajetreado en el centro de la ciudad; automóviles circulando por doquier, y en las aceras, personas con rostros severos se empujaban y maldecían a la menor provocación.

Andrés, por su parte, no podía contener la risa. Todos los que pasaban a su lado, no podían creer lo que veían. El mundo se extinguía un poco más a cada segundo, y ese hombre de aspecto desaliñado parecía estar contemplando el espectáculo más divertido del mundo.

Con voz temblorosa, una jovencita de dorada cabellera, se le acercó

— ¿Se encuentra usted bien, señor?—preguntó ella, tragando saliva al ver que el anciano caballero parecía no estar en sus cinco sentidos.

—Mejor que nunca, niña— afirmó Andrés, dejando ver su sonrisa desdentada— Es maravilloso todo esto, ¿no crees?

—Creo que no entiendo a lo que se refiere, señor. Si quiere, le llamó a una ambulancia.

—No es necesario, niña. De hecho, creo que esas cosas ya nunca van a ser necesarias. Se acerca el fin de este infierno y pronto todos seremos libres.

— ¿Perdón, señor?

—Quiero decir que este es el fin de toda la maldad. Todo va a volver a estar en su sitio adecuado, ya verás.

La joven ya no tuvo tiempo de contestar; la tierra se empezó a sacudir de forma violenta, al tiempo que el cielo se oscureció de golpe.

El anciano cayó al piso, no pudiendo ocultar su alegría: "Lo supe, yo siempre lo supe", murmuraba él entre dientes, con los ojos empapados por tantas lágrimas de felicidad.

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