Bonitas manos

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Debería empezar por el principio, pero lo cierto es que soy más de empezar a leer por abajo y de querer saber el final antes de ver la película.

No estaba siendo el mejor mes de mi vida, desde luego, pero siempre me he considerado una persona muy fuerte, y esta vez no iba a ser menos.

Llevaba 10 años bailando, de competición en competición, cada semana, en compañía, sola, con música e incluso en silencio en mi cabeza, pero en mis maravillosas últimas vacaciones, ahogando mi estrés y mis penas en una de las mejores noches del año con mis amigos, mis piernas decidieron correr un poco de más, mis ojos observar un poco de menos y un maravilloso terraplén con varios metros de caída aparecer delante de mi sin previo aviso, o al menos, así había querido verlo yo. El resultado, un brazo roto por múltiples zonas y dos meses sin baile por delante. Ni qué hablar de mi parón justo ahora que estaba cerca de despuntar con mis reportajes mensuales y conseguir un hueco de reportera con algo más de acción.

Casi 40 minutos y 2 líneas de metro después, había llegado a mi cita médica, de revisión, pero en realidad la primera, porque ya sabemos que los tiempos de espera urgentes solo son más cortos, pero no rápidos. Primera hora y llegaba tarde, estupendo. Pedí ayuda en la entrada para localizar el servicio de rehabilitación. Todavía no sabía si estaba yendo al fisio o a un traumatólogo. Llegué a la sala y cogí mi papel de espera, estaba todo vacío, a excepción de varios médicos a juzgar por las batas, hablando tranquilamente en una consulta abierta. A ratos, salía y entraba un hombre bastante joven, sin bata, con camisa bien planchada y zapatos impolutos. Curioso, pensé. Y qué atractivo, también, no os voy a engañar, ojalá me tocase un médico así para darle algo de entretenimiento a un día más de aburrimiento intensivo.

El hombre de la camisa bien planchada y los zapatos impolutos se cambió de consulta y salió a los segundos con su bata, pronunciando mi nombre. ¡Joder, si!, pensé riéndome para mis adentros mientras me dirigía a la consulta. Me senté y mientras elaboraba mi anamnesis, no pude evitar fijarme en sus manos, grandes pero lisas, dedos largos pero fuertes, uñas perfectas... bonitas manos, pensé, y me costó reprimir la sonrisa.

- ¿Cómo lo llevas, solías hacer mucho deporte?- me dijo, con tono algo tímido y a la vez bondadoso.

- Bueno, solía hacer bastante deporte, y baile casi a diario, ahora tengo que limitarme a bailar como la tercera edad, mi abuela estará muy contenta de que pueda acompañarla al imserso - me reí, mierda, Havana, ¿tenías que decir tonterías en alto? Aunque para mi suerte, él también se rio. Me pidió sentarme en la camilla para revisar mi brazo y su escayola y mi capacidad de movimiento nula.

- ¿Qué tal esto?¿Y esto? ¿Te molesta mucho?¿Puedes hacer este movimiento?- Me decía, mientras cogía mi brazo con una increíble delicadeza, ojalá lo hubieran hecho así el día en que me escayolaron, pensé. Me preguntaba y sonreía con los ojos, mientras yo le sonreía con disimulo tras la mascarilla y desviaba a ratos mi mirada de sus bonitas manos a sus ojos brillantes y llenos de una amabilidad y calidez que irónicamente me dejaron un poco helada.

- Voy a mandarte a rehabilitación unas cuantas semanas, para que puedas volver a bailar en nada - dijo, sonriéndome de nuevo con sus brillantes ojos. Vale, me encantas, ya está, pensé mientras se me aceleraba el pulso, y antes de decir mi siguiente idiotez.

- Y, ¿me la darás tú?- Estupendo Havana, pensé al instante, pero tarde.

- Lo hará un fisioterapeuta, pero yo revisaré que vayas avanzando bien, y siempre puedes preguntarme lo que necesites, estaré por aquí- me dijo, de nuevo con su extraña amabilidad, pero noté la vergüenza y la timidez en su voz. Genial Havana, pensé, pero quién iba a pensar que con lo guapo que es fuera a ser tan tímido, me excusé a mi misma.

Extrañamente me acompañó hasta salir de la consulta, mientras los niveles de autovergüenza subían también para mi.

Antes de que me diera tiempo a recapacitar lo que acababa de hacer sin pensar y si esa amabilidad y calidez eran cordialidad o interés, decidí que tenía que saber qué cara tenía. Le busqué en Google, me había aprendido religiosamente el nombre de su tarjeta de identificación, Javier Méndez Gaspar. Madre mía, está tremendo. Médico rehabilitador. Interesante, desconocía totalmente que eso existiera. ¿Y soltero? Instagram tendría la respuesta. Después de unos minutos de escasa investigación encontré su cuenta pública, semi-profesional, semi-personal. Se nota que le gusta su trabajo. Lo que tardé más tiempo fue en deducir si estaba soltero. Tras una rigurosa búsqueda digna de toda una stalker, llegué a la conclusión de que tal vez, y solo tal vez, estaba soltero. Me sentí entre acosadora y asustada porque me gustase demasiado sin conocerle y decidí dejar la búsqueda, aunque mi cabeza no estaba muy de acuerdo en dejar de pensar en el médico al que probablemente tendría que volver a ver pronto y en sus bonitas manos.



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⏰ Última actualización: Jun 05, 2023 ⏰

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