Lexa Herman
Me levanto un poco aturdida cuando miro a mi alrededor: una habitación enorme con un ventanal cubierto por cortinas rojas oscuras, una cama grande, muchos lujos y, sobre todo, colores apagados. No sé dónde estoy hasta que lo recuerdo. Problemas con mi padre, cuando me golpeó, cómo entraron los hombres y recuerdo... Estoy en casa de Alexander.
Me levanto un poco desanimada. No es que no quiera estar aquí; me alegra estar con Alexander, pero no puedo sacarme a mi madre de la cabeza. ¿Y si ese maldito le está haciendo daño ahora? Ella me prometió que si pasaba algo, ella me llamaría, pero estoy segura de que no lo hará. Mi madre prefiere sacrificarse ella antes que a mi padre.
Tomo una toalla del extenso y exagerado armario de Alexander y me dirijo al baño. Me ducho con la mayoría de sus productos. Ahora comprendo por qué esa fragancia suya es tan adictiva. De ahora en adelante usaré el mismo champú que él. Salgo del baño secándome con una toalla, tomo una camiseta y un pantalón del pelinegro, y me los coloco mientras me río por lo grande que me quedan. Recuerdo que este pantalón le queda súper ajustado, mientras que yo tengo que tomar una correa para que no se me caiga de la cintura.
Peino mi cabello dejándolo húmedo y suelto. Me acerco a la puerta para bajar a buscar algo de comer; sin embargo, me sobresalto cuando abro la puerta y me encuentro con una chica bajita, morena, con un uniforme muy bien planchado y el cabello bien recogido. Tiene la mano extendida como si fuera a tocar la puerta.
—Buenos días, señora —y vamos con la señora otra vez—. Perdón por molestarla, pero el jefe la solicita en el jardín —me informa amablemente.
—Está bien —le sonrío.
—¿Necesita que la guíe?
Asiento. No es que no sepa dónde está el jardín, pero esta casa es demasiado grande y ayer solo la recorrí un poco, ya que estaba muy cansada para prestar atención.
Ella comienza a bajar la escalera, y por cada paso que da, la sigo hasta que nos acercamos al gran ventanal de cristal. Me indica por dónde salir y me dice que afuera encontraré a Alexander. Le doy las gracias con una sonrisa y sigo mi camino.
Salgo del lugar, y el día está muy fresco. Tiene buen aire y un clima agradable; el sol está radiante, pero no molesta ni quema. Afuera, Alexander está sentado en una mesa repleta de comida, mostrando las piernas cruzadas mientras habla por teléfono. Tiene un aura tan cruel y se siente como si el mundo debiera arrodillarse ante él. Después de descubrir quién es en realidad, cambió. Comenzó a mostrarme lo imponente y cruel que puede ser a veces, y sobre todo, lo posesivo. Cada día estoy más intrigada porque, en lugar de tener temor, me gusta mucho más que cuando lo conocí siendo el bueno.
Alrededor de la mesa, hay varios hombres haciéndole ¿guardia? Como si estuvieran dentro de su casa... Me acerco a la mesa y tomo asiento frente a él. Desde que nota mi presencia, se despide de quién sea que estaba hablando para poner toda su atención en mí. Me sonríe, y mi corazón se acelera.
—Buen día, preciosa —apaga su teléfono—. Pensé que durarías unos días más encerrada en mi habitación —bufa.
—Créeme, lo pensé —respondo—, pero tengo hambre.
Me mira de arriba abajo.
—Linda ropa —le sonrío.
—Buenos días, señora —una mujer de unos sesenta años se acerca—. Yo soy Altagracia, la chef, y estoy a sus órdenes —se presenta amablemente, y yo le respondo con una sonrisa—. Así que, si quiere más comida, que le caliente algo o simplemente otra cosa, me lo puede pedir.
—No se preocupe, yo puedo cocinar mi comida.
—No, claro que no, señora —otra vez con el dichoso "señora"—. Estoy aquí para eso. No importa lo que usted quiera, yo se lo preparo o lo consigo.
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INDELEBLE (En ediciòn)
Teen FictionA sus 24 años, Lexa Herman ya tiene una carrera impecable en el FBI. Su ascenso la lleva a enfrentarse a lo peor del mundo: tráfico, trata de personas y mafias que no perdonan errores. Pero nada es más complicado que trabajar con su nuevo jefe. Alex...
