Joseph Storni se encerró en su oficina personal huyendo del caos que lo perseguía. Sabía que debía llamar un taxi para Lexy, que lo correcto era dejarla marcharse, pero postergó la decisión. En vez de eso, se hundió en su silla, invadido por pensamientos que no lograba ordenar.
Todo había pasado demasiado rápido. En cuestión de horas, decepcionó a su hermana, a Lexy... y a sí mismo.
Por más que intentó sacarla de su cabeza, no pudo. Seguía viéndola en su mente, con su voz temblorosa y ese dolor mudo que llevaba como tatuaje. Una joven marcada por heridas que no merecía, con una autoestima hecha trizas y una vida sentimental que parecía una condena.
"No puedo enviarla a su perdición en un taxi", pensó. "No esta vez".
Se obligó a actuar y fue hasta la habitación donde ella descansaba. La encontró dormida, abrazada a su bolso como si fuese un escudo, con el rostro escondido entre las almohadas. Se sentó frente a ella en un diván y la observó en silencio, hasta que sus pestañas comenzaron a temblar y se encontró con sus ojos llenos de vergüenza.
—Te llevaré a casa —dijo él, poniéndose de pie.
—No es necesario. Un taxi está bien —contestó Lexy, seca, esquiva.
Quería convencerse de que no compartían nada, ni siquiera las ganas. Pero su cuerpo no le obedecía. Lo deseaba. Lo odiaba por eso.
—No, Lexy. No vas a ir sola. Te llevo yo —insistió Joseph con una calma que no sentía ni de lejos—. Si prefieres, puedes quedarte hasta el domingo. No te voy a molestar. Emma tampoco...
Ella lo miró como si estuviera hablando en otro idioma. ¿Quedarse? ¿Dormir una noche más bajo el mismo techo que ese hombre que le revolvía la piel y las certezas? Una locura. Un riesgo.
"No quiere quedarse, ya le das miedo", susurró su conciencia.
Pero Joseph no quería otra cosa que tenerla cerca. Aunque no pudiera tocarla. Aunque solo la escuchara respirar desde el otro lado del pasillo. Con eso le bastaba.
—Iré con mi abuela. Es lo correcto —respondió ella, levantándose con decisión.
Él retrocedió un paso. Su aroma le golpeó como un hechizo. Pero se contuvo. La siguió por el pasillo, hipnotizado por el vaivén de su vestido, por la ligereza con la que caminaba a pesar del peso que cargaba.
En el auto, el silencio era tan espeso como el aire caliente que los rodeaba. Joseph encendió el estéreo. Bajó un poco las ventanas. Hizo lo imposible por no decir nada, pero su mano acabó en la palanca de cambios... y luego, rozando su pierna.
Fue intencional.
Lexy se sobresaltó. Lo miró con las mejillas encendidas y una mezcla de deseo y rabia que la hacía peligrosa. Desvió la vista y se concentró en los edificios, pero su corazón se desbocaba.
Cuando Joseph volvió a rozarla, ella atrapó su mano con firmeza.
—Eres cruel —susurró, con la voz rota—. No juegues conmigo. No así. No lo merezco.
Joseph tragó saliva. Verla así le dolía más que cualquier herida física. No sabía cómo alcanzarla. Con otras mujeres bastaba una cena cara o un buen halago. Con Lexy, no.
—Lo siento. Fue un error —dijo.
—Siempre he sido un error, no necesitas recordármelo —respondió ella, soltándole la mano.
—No hablo de ti. Tú no eres un error —aseguró él, enlazando sus dedos a los de ella con suavidad. El contacto lo estremeció—. No voy a justificarme, pero... estaba limpiando la mesa cuando ella me atacó. Siempre ha sido rápida. Atrevida.
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Siempre mía
Roman d'amourPobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin...
