Chapter 16

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El viernes se precipitó sobre mí como una exhalación, casi sin darme cuenta de que la semana laboral estaba tocando a su fin. Solo entonces fui realmente consciente de que ya habían transcurrido cinco días desde que crucé por primera vez el umbral de la empresa. Aquella inquietud inicial, que me había atenazado el estómago desde el momento en que me dieron el puesto, se fue diluyendo como azúcar en agua tibia.
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Pronto descubrí que el peso de la tarea asignada era mucho más ligero de lo que mi mente aprensiva había llegado a imaginar. Los documentos, al abrirlos y analizarlos con calma, se revelaron sorprendentemente accesibles. Las páginas, que al principio se antojaban montañas de texto intrincado, fluyeron bajo mis dedos con una lógica inesperada. Con concentración y un ritmo constante, logré descifrarlos y resolverlos en tan solo dos jornadas intensas. Para el mediodía del miércoles, ya tenía el informe final en mis manos, listo para entregar.
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El resto de la semana, dos días completos, se extendía ante mí como un lienzo en blanco, inmaculado y libre de las sombras del trabajo. Una sensación de liviandad se instaló en mis hombros, y por primera vez desde mi llegada, pude respirar hondo, saboreando la anticipación de unas horas de merecido ocio, sin la persistente punzada de la responsabilidad laboral acechándome en la nuca.
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Pero había un alivio aún más profundo, una alegría que se expandía cálidamente en mi pecho, eclipsando incluso la satisfacción del trabajo bien hecho: la ausencia de Choi. Desde el momento en que puse un pie en este lugar, su sombra no se había proyectado sobre mí. Ni una sola vez mi vista se había cruzado con su imponente figura. Por las noches, al volver a la habitación, su cama permanecía imperturbablemente lisa, las sábanas impolutas como si nadie las hubiera rozado. Recordé las palabras de su chófer, lacónicas y firmes, comunicándome la orden de Choi, "Permanecerás sólo estos días. Piénsalo dos veces antes de hacer algo."
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Ignoraba por completo su paradero, envuelto en un misterio que, francamente, no me inquietaba en absoluto. En realidad, ni siquiera me importaba. La idea de dónde podía estar, qué asuntos oscuros lo reclamaban, se perdía en un segundo plano, desdibujada por la palpable realidad de su lejanía. Y esa lejanía, ese espacio limpio entre nosotros, era un bálsamo, un respiro.
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Estar lejos de él, liberado de su presencia pesada y opresiva, de esa mirada que sentía como un rastreo constante, era todo, absolutamente todo, lo que mi alma había anhelado desde el principio. Una ligereza casi eufórica me inundaba, la sensación de haber escapado, aunque fuera temporalmente, de una jaula invisible, pero no menos real.
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Las marcas moradas y los arañazos que antes adornaban mi piel se han desvanecido casi por completo,
dejando tras de sí solo unas cuantas cicatrices, como estrellas fijas en el firmamento de mi piel.
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Desde que Choi se esfumó, evaporándose como una sombra en la niebla, mi instinto primario gritaba por la fuga. La libertad, aunque fuera momentánea, se había convertido en una necesidad apremiante, como el aire para respirar. Pero cada intento de escabullirme del departamento chocaba contra una barrera invisible, pero tan sólida como el acero: los dos gorilas.
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Sus figuras, antes parte del decorado, meros apéndices de Choi, ahora se habían convertido en mis carceleros personales. Para mi desconcierto y creciente irritación, esos muros de músculo y silencio me seguían a todas partes, pegados a mis talones como sombras alargadas por el sol del mediodía.
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Desde el momento en que la puerta del lúgubre departamento se abría con un crujido que rompía el silencio denso del pasillo, hasta el instante en que me deslizaba, con la tensión clavada en la nuca, dentro del anodino cubículo de la oficina, ellos estaban ahí. Y viceversa. El trayecto, antes un simple desplazamiento, ahora se había transformado en un desfile macabro bajo su escrutinio constante. Sus miradas, pesadas y opacas como piedras, se posaban sobre mí, sintiéndolas como alfileres helados que recorrían mi piel. No había respiro, ni un segundo de privacidad.
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Y todo, absolutamente todo, me devolvía a él, a Choi. Ese psicópata retorcido, ese acosador obsesionado que jugaba con mi vida como un gato con un ratón herido. Las imágenes me asaltaban con una crudeza nauseabunda: primero, dejarme muriendo de hambre y de frío en esta habitación gélida, transformándola en una tumba anticipada; después... la humillación de sentir su verga en mi boca, la repugnante imposición de su contacto. La bilis subía amarga a mi garganta ante el recuerdo. Bastardo demente, pensé, las palabras escupidas en silencio, cargadas de un veneno espeso y antiguo.
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Salí del elevador con prisa, ansioso por resolver el asunto que me estaba planteando días. Llamé al Asistente Kang con una voz clara y firme, esperando su atención inmediata. Sin embargo, mi llamada pareció ser un mero inconveniente para él.
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Clavado en su silla de cuero como una estatua de oficina, levantó la vista de su escritorio con una lentitud exasperante. Sus ojos se posaron en mí, apenas un segundo, una ojeada rápida y desinteresada, como si mi presencia fuera una mota de polvo en su impecable y ordenado universo laboral. Sentí que interrumpía algo de una importancia cósmica, algo infinitamente superior a mi existencia y a mis preocupaciones triviales.
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-Asistente Kang, por favor, necesito que el señor Choi me firme esto -dije, esforzándome por dominar la creciente impaciencia, moldeando las palabras en un tono que pretendía ser calmado y profesional. Pero él, impasible como una esfinge de mármol, ni siquiera se dignó a responderme con una palabra, un gesto, absolutamente nada.
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En su lugar, volvió a inclinar la cabeza sobre el monitor con un desdén ostensible. Sus dedos, largos y huesudos, reanudaron su danza frenética sobre el teclado. Las teclas resonaban con un clic-clac mecánico, rápido y preciso, un sonido que parecía componer un mensaje tan claro como si lo hubiera gritado a pleno pulmón: "Estoy ocupado en asuntos de verdadera importancia, mucho más relevantes que atender a tus insignificantes peticiones".
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Su silencio era como un golpe en el estómago, una afirmación clara de que mi tiempo no valía nada para él. Mi mirada se posó sobre él, esperando una respuesta, pero su expresión permaneció inmutable. Era como una estatua de hielo, fría y distante.

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