Habían pasado algunos días desde la última vez que la vió, a aquella chica de hebras blanquecinas, probablemente la única persona que había llamado su atención. Kinich caminaba por Natlan como normalmente hacía, cuando notó que Ajaw miraba arriba. Era ella. Nunca creyó en que tuviera buena suerte, pero en ese momento se consideró afortunado. Mualani peleaba con monstruos, parecía que le divertía la pelea, nunca dejaba de mostrar esa característica sonrisa en su rostro. De nuevo volvía a hipnotizarse en ella, admiraba cada parte.. y gracias a eso pudo correr hacia la chica cuando vió que podía caerse. De inmediato subió la montaña, llegando al momento justo para sujetarla con su lazo antes de que se estampara contra el suelo. Mualani continuó luchando—no por mucho tiempo—hasta que acabó la batalla. Se acercó muy contenta a Kinich, saludándolo con un ademán, y detrás de ella la seguía Kachina.—¡Kinich! ¡Eres tan dulce, gracias por salvarme!—En un movimiento rápido, depositó un suave beso en su mejilla.—Inmediatamente sintió el rostro arder, abrió sus ojos por un segundo, no esperaba aquello. ¿Hace cuánto tiempo no recibía algo como esto..?
—No es nada, Mualani..—Evitó el contacto visual con ella. Claramente algo nervioso. Se acordó que Kachina venía detrás de ella, vió como la rubia lo saludaba también, respondiendole el gesto.
—Realmente tengo buena suerte de encontrarte aquí. Y antes de que te vayas, necesito pedirte un favor..—Se avergonzó Mualani—Sé que nos hemos conocido hace poco, pero no sé quién pueda ayudarme en esto..—A Kinich le tomó unos segundos contestar.
—Puedo ayudarte. ¿Qué sería?—Normalmente solía cobrar por los encargos que le hacían, pero no sabía exactamente que le pediría y pensó que tal vez podría ignorar el pago si se trataba de aquella señorita.
—Bueno.. gente que conozco dice que soy buena surfeando, y muchos de ellos me han pedido que les enseñe cómo.. Pero nunca le he enseñado a los demás, y tengo miedo de hacerlo mal. Tú puedes.. ¿Puedo practicar contigo cómo les enseñaría?—Hizo una pausa—No sé si entiendes..—Los ojos de Ajaw parecieron iluminarse, mientras Kinich parecía algo sorprendido.
—¡Sí, sí! ¡Kinich sí puede!—Vociferó el dragón, el mencionado lo miró con mala cara.
—Sí, está bien, puedo ayudarte.—Asintió con expresión neutral, esta vez mirándola.
—¡Súper!—La chica más alta dió un salto, expresando su emoción.—¿Puedes darme tu número de teléfono? Así arreglamos para practicar cuando tengas tiempo.—Mualani al segundo sacó un papel y algo para escribir, sus ojos estaban llenos de brillo.
—U-Uh, sí claro.—Respondió aclarándose la garganta. Dictó su número, y la peliblanca lo anotó, repitiendolo otra vez para estar segura de haberlo escrito bien.
—¡Gracias, Kinich! Te escribiré pronto, solo espero no molestarte, te pido disculpas desde ya si a veces me comporto algo.. bueno.. Intensa.—Ella sabía muy bien que frecuentemente actuaba con mucha confianza hacia los demás, y a veces esto les incomodaba. Llevó su mano hasta su nuca, con una pizca de vergüenza.
—No, no te preocupes por eso.—Negó moviendo ligeramente su cabeza. Ajaw miró a Kinich con una expresión de burla, Kachina lo notó y contuvo su risa.
—Mualani soltó un suspiro de alivio.—Entonces, gracias nuevamente.—Sonrió al agradecer por tercera vez, riéndose.—Ahora sí, ya me voy, ¡hasta pronto, Kinich!—Se despidió con un ademán, al igual que su amiga. El pelinegro no sabía cómo alguien era capaz de sonreír así todo el tiempo, tan ampliamente. ¿Le salía natural? Seguramente sí..
—¡Ja! No te escuché decir la cantidad del pago. Aunque no creo que estés considerando cobrarle, ¿no?—Ajaw daba vueltas alrededor de él, estaba intentando molestarlo. Al no recibir respuesta de Kinich, sus motivos de risa aumentaron, carcajeando.—Oh, ¿De verdad quieres su atención? Estás hecho un lío de rojo.—Ni siquiera le tomó más de dos minutos lanzar a Ajaw hasta la otra punta de la Nación. Se había cansado de escuchar las burlas, y sobre su rostro rojo.. "No, no es verdad eso." Pensó varias veces.
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La elección del corazón
RomanceEn un mundo donde las fiestas y las multitudes eran su peor pesadilla, Kinich se encontraba obligado a asistir a una de esas reuniones sociales que tanto detestaba. Desde cierta edad, su vida se transformó predictible y solitaria, y la idea de mezcl...