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Las luces del escenario se apagaron, pero sus corazones seguían latiendo con la misma intensidad que en cada acorde. El estruendo de los aplausos aún resonaba en los pasillos cuando Jaebeom se dejó caer contra la pared del camerino, intentando recuperar el aliento. El sudor le perlaba la frente, pero lo único que sentía era la adrenalina palpitando en su pecho.
Jinyoung entró poco después, cerrando la puerta tras de sí con un leve clic. Se quitó el micrófono de la oreja y se pasó una mano por el cabello húmedo, dejando escapar una risa entrecortada.
—Hoy estuviste increíble —susurró, mirándolo con una mezcla de orgullo y algo más profundo, algo que Jaebeom conocía demasiado bien.
Jaebeom alzó la vista y sonrió, una sonrisa pequeña, de esas que apenas asoman pero que lo dicen todo.
—Tú también, Darling.-
Jinyoung entrecerró los ojos, divertido.
—¿Desde cuándo me llamas así? -
Jaebeom se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—No sé… creo que me gusta cómo suena.-
Jinyoung se acercó un poco más, lo suficiente para que el aire entre ellos se sintiera eléctrico. Su risa fue suave, casi un susurro.
—¿Sí?-
Jaebeom asintió, sintiendo el calor del cuerpo de Jinyoung tan cerca que su piel se erizó. Entonces, con la naturalidad de quien ya no necesita máscaras, Jinyoung entrelazó sus dedos con los de Jaebeom.
El silencio se hizo cómodo, lleno de promesas sin necesidad de palabras. La música aún vibraba en sus venas, pero en ese momento, lo único que importaba era el ritmo sincronizado de sus latidos.