dulce venganza

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El cuaderno de Jim estaba abierto sobre el escritorio.
La hoja, cubierta de anotaciones, flechas y diagramas, mostraba un plan meticuloso. En la parte superior, escrito con una caligrafía limpia pero fría, se leía:

“Venganza.”

Había dibujado un mapa del campus universitario, con marcas en el gimnasio, los dormitorios de atletas y hasta en la cafetería. Flechas indicaban posibles rutas de escape.
En un costado, la letra “C” rodeada por un círculo. El recuerdo diel collar arrancado de su cuello aún lo ardía.

Su mente iba más allá de simples travesuras. Imaginaba ilusiones con magia para aterrorizar a los atletas, portales de sombra de Clara para desorientarlos, incluso trampas que los harían dudar de su propia cordura.

Pero un pensamiento lo frenó.
Andrew.

Él no sabía nada. Ni de la magia, ni de lo que ocurrió hace un año, ni del peso que cargaban en silencio. ¿Cómo decirle?:
“Oh, por cierto, soy parte de un grupo de adolescentes que salvó al mundo de titanes y un dios de fuego.”

Jim frotó sus sienes, frustrado. Cerró el cuaderno y lo dejó al borde de la mesa.

Entonces, un grito retumbó en el apartamento.

—¡NOOOO! —Andrew chilló desde la sala, como si lo hubieran apuñalado.

Jim se levantó de golpe, pensando en lo peor. Caminó hasta la puerta, entrecerrando los ojos.

Andrew estaba frente al televisor, con las manos en la cabeza. En la pantalla, una carrera de Fórmula 1 mostraba un monoplaza atravesando la grava, con humo en las llantas.

—¡Lo chocaron! ¡Cómo demonios no sancionan eso! —Andrew rugía, furioso.

Jim se apoyó en el marco de la puerta, inexpresivo, y preguntó:

—¿Qué pasó?

Andrew ni lo miró, apuntando a la pantalla como si fuera un crimen mundial:

—¡Mi piloto favorito iba tercero! ¡Iba a remontar! Y ese idiota lo echó fuera. Siempre pasa lo mismo, siempre… —murmuraba entre dientes, como si le hubieran arrebatado algo personal.

Jim soltó un aire por la nariz. Una media sonrisa quiso asomarse, pero la ocultó. Caminó hasta el sillón y se dejó caer a su lado.

—Ya veo… —dijo, fingiendo indiferencia, aunque en realidad agradecía la distracción.

Por un momento, el plan oscuro en el cuaderno quedó atrás.
Perfecto, te armo esas dos escenas seguidas para que se sienta como una transición natural entre la primera conversación y la demostración de Jim:

Andrew seguía mordiéndose las uñas mientras veía la repetición del choque en la pantalla. Su piloto favorito fuera de pista, todo arruinado.

Jim, con los brazos cruzados, lo observaba de reojo. No decía nada, solo pensaba. Hasta que, de repente, habló con una voz firme:

—Ya tengo el plan.

Andrew lo miró, confundido, girando medio cuerpo hacia él.

—¿Eh? ¿Qué plan? —preguntó con el ceño fruncido.

Jim se inclinó hacia adelante, sus ojos se clavaron en los de su amigo. Había una mezcla de determinación y algo más oscuro.

—Necesito que confíes en mí. —Hizo una pausa, midiendo cada palabra—. Y que me prometas algo.

Andrew parpadeó, nervioso.
—¿Prometerte… qué?

Horas después, Andrew seguía intrigado por lo que su amigo le había dicho. Ahora estaban en la azotea de un edificio universitario, el viento nocturno azotando fuerte.

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