La alegría que no hace ruido.

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Hay una alegría que no se anuncia, que no salta ni se disfraza de euforia. Es una alegría pequeña, pero constante. Como una luz cálida encendida en una casa al final del día.

Es la alegría de estar aquí, de reírte de algo tonto, de tener una canción favorita y bailarla sin razón. Es la alegría que llega sin previo aviso, se instala en el pecho y simplemente te acompaña.

A veces confundimos la felicidad con fuegos artificiales, pero esta otra —más callada, más tuya— es la que sostiene los días. La que aparece en medio del caos y te recuerda que, a pesar de todo, aún hay cosas bonitas.

Está en la forma en que el sol entra por la ventana. En ese mensaje inesperado. En una carcajada que te sale sin permiso. En una comida rica, en un silencio compartido, en el simple hecho de estar a gusto contigo.

No necesitas estar en la cima del mundo para sentirla. Basta con estar presente. Con dejar de correr por un momento y darte cuenta de que la vida, incluso en sus escenas más comunes, a veces se disfraza de alegría sin darte cuenta.

Y ahí, sin ruido ni aspavientos, descubres que la felicidad también puede ser eso: una alegría pequeña, pero real.

Una que no se explica. Solo se vive.

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