Primavera, pétalos rosados caían sin desdén a su alrededor, la pared con apenas retazos de pintura vieja servía para apoyar parte de su espalda y cuello, sentado sobre el pasto que debería haber cortado hacía ya tres días disfrutaba de la sombra que le ofrecía cálidamente aquel cerezo. Sus ojos se achinaban por el cansancio mientras acariciaba la tapa espesa del libro que acababa de terminar, satisfecho con el final de la página 549 decidió ceder ante el sueño.
Era el mismo lugar del que estaba enamorado y el cual formaba parte de su rutina, la misma puerta y picaporte que abría siempre con devoción. Fijo la mirada al piso antes de levantar la cabeza y sonreírle, pero su tiempo se detuvo cuando se percató de que se trataba de aquel día, el en el que había decidido hablarle por primera vez, palabras que formaron un alago dedicado a las pinceladas en el lienzo –"Nunca dejan de sorprenderme"- ella giro para poder verlo a los ojos, sonrió con vergüenza y pregunto -"¿Y qué historia me contara hoy, que haga valer mi trabajo?"- sintiéndose traviesa volteo para poder sonrojarse tranquila, siempre había querido expresarle a Jon su admiración. Todos los días de 6 a 7 de la tarde, él iba a presentar sus propias obras en el salón del observatorio, que era una biblioteca, la única de aquel pequeño pueblo.
Dos artistas, dos sillas, dos capuchinos y cuatro ojos que no se esforzaban por ocultar el brillo. Su flor preferida la amapola, su color favorito el verde y claro estaba que su talento era pintar. Ella reía mientras el insistía en que lo llamara por su nombre ya que no había tantos años de diferencia entre 21 y 18. Logro convencerla para que le mostrara sus trabajos, y luego de una semana se entregaron a la intimidad dentro de su taller, el lugar donde ella guardaba sus obras y donde pasaba la gran parte del tiempo, era amplio, bien iluminado, el olor a pintura fresca inundaba todo el ambiente y los cuadros colgados o apilados en los rincones decoraban los límites del salón, reflejando la calidez de aquellos cerezos que en su mayoría dibujaba.
Los días y meses pasaban en segundos delante suyo, mientras permanecía inmóvil junto a la misma puerta que había abierto con ignorancia. El día que en el que le compraron la biblioteca a la señora Janz y juraron mantenerla tan bien como ella lo había hecho durante 30 años. El momento en el decidieron superar su promesa y pintar juntos las esféricas paredes que la conformaban, convirtiendo la simpleza del blanco en un jardín botánico solo con acrílicos, y si, había muchas amapolas. Cuando trabajaron juntos en el libro que al poco tiempo de haberlo editado comenzó a recibir honores en la capital. La ocasión en la que celebraron, la misma noche en la que ella estimo con un "si" su propuesta de matrimonio. Y por fin el momento más feliz de su vida fue cuando su mujer dijo que su hija llegaría al mundo, plantaron una semilla de cerezo en el patio trasero del observatorio para conmemorar. Solo unos instantes pasaron en cámara lenta, los grumos de tierra se deslizaban de sus finas manos pálidas y alargadas, sonreían agazapados en lo oscuro cuando la semilla quedo cubierta.
La fascinación de sus mejores épocas lo tenía embobado, la nostalgia que le hacía ver todo en un color sepia amarillento lo había paralizado. Fue entonces que su sangre volvió a circular y esa sonrisa que era el perfecto abismo entre tristeza y felicidad se le borro del rostro, 9 meses que significaban unos pocos segundos, era el tiempo que tenía para llegar a la clínica.
Volteo sin dudar y comenzó a correr, sin sentir las piernas la voluntad lo hacía avanzar por los camino de tierra que cruzaban el pueblo, las calles vacías y las veredas llenas de gente de manera inusual, mujeres de negro caminaban con la cabeza agacha ignorando todo lo que pasara más allá de la punta de sus propios pies. Las puertas del pequeño hospital abiertas de par en par no detuvieron su ritmo, doblo por los pasillos con precisión y se detuvo ante la habitación 6, volteo asustado, las gotas de sudor escurrían por su cuello y frente aunque él seguía sin sentir la menor sensación.
Doctores en las bancas planeaban alguna manera de informarle a padre la perdida, y tras escuchar segundos de esa conversación se sintió desanimado, pero su alma por fin partió cuando se vio a si mismo con la mirada desviada, esas lagrimas que caían con tanta sutileza y esos parpados que no se atrevían a vacilar dieron una clara imagen de su estado de shock. Se percató de que era una persona ajena a la situación, simplemente una mirada que mostraba otra perspectiva, no tenía un objetivo, por lo que ese individuo impropio a la escena se inundó en desesperación.
Pasaron solo segundos y su mente se ilumino, pensó, tuvo la mínima esperanza de que tal vez aun sus delicadas manos siguieran tibias, de que le restara un respiro, un posterior segundo de conciencia en el que podría hacerle saber que su esfuerzo lo había valido todo, de felicitarla por la hermosura de la nena, de ser capaz de darle una última sonrisa, un último apoyo...que no tenga miedo, porque incontables vidas les quedaban por disfrutar, de dejarla segura con que nada le faltaría. Solo necesitaba hacérselo saber, no estuvo sola en sus últimos momentos y estos no fueron más que la luz enceguecedora de un foco de bajo consumo. Un rose, tal vez un "te amo" podría cambiar todas las preocupaciones de sus años consiguientes.
Lara secaba sus lágrimas mientras intentaba entreabrir los parpados una vez despierto, ella con 5 años y un increíble parecido a su madre, sonrió, porque su mundo se había vuelto cálido con solo ver ese pequeño y dulce rostro preocupado, esa paz lo llevo a un suspiro y a recordarle a su mente lo mucho que necesitaba que ella fuera feliz. No solo por su incondicional amor, sino también por las memorias de Sarah.

ESTÁS LEYENDO
Las memorias de Sarah
RomanceVolvió a rondar en mi cabeza como todos los días, con la diferencia de que esta vez por instantes creí...