Aren no entendía nada. ¿Quién era esa chica? Era guapa, y mucho, pero su comportamiento no era lógico. Aren sabía que aquella chica no le iba a soltar voluntariamente, así que decidió separarla de él, pero cuando la retiro de él, ella siguió besando su cuello. Aquella sensación le devolvió algunos recuerdos. Al fin la chica se retiró de él.
- ¿Iris? ¿Ignis? ¿Cómo te llamas?
- ¡Me tenías muy preocupada! Eres un insensato, solo a ti se te ocurre asaltar el campamento de agua sabiendo que aire los está bombardeando. ¡Demente! Es que no...
- ¡Espera! Todavía no se tu nombre con exactitud. Me has besado y luego insultado y regañado por algo que ni recuerdo. No estaría mal una explicación, ¿no crees?
Los dos se quedaron callados durante unos instantes. Cuando ella recapacito lo suficiente rompió el silencio que a Aren ya empezaba a incomodar.
- Sígueme. Estamos lejos pero si no olvidaste como montar no tardaremos mucho.
Le dio la espalda e intentando que no se notasen sus lágrimas gritó:
- ¡No tenemos tiempo!
- ¡Hey!, espera. ¿A donde me llevas?
Ella siguió caminando, como si esas palabras no hubiesen sido pronunciadas jamás.
Aren optó por seguirla. Ya le dolía suficiente la cabeza como para empezar una discusión con aquella chica que estaba seguro que conocía de antes.
Después de 30 largos minutos caminando por el bosque ladera arriba llegaron a una enorme roca. La chica, de pie sobre una roca más pequeña, cogió de lo alto de la otra un mountain-board que llevaba allí bastante tiempo esperándoles. La chica bajó de un salto, se le notaban los ojos rojos, y le pregunto:
- ¿Qué prefieres?
Aren no estaba seguro, en cuanto entro en el bosque cada cosa que tocaba, veía, olía y oía le daba recuerdos encerrados, como pequeñas dosis... muy pequeñas dosis. La bici le recordó los circuitos construidos, los descensos a través del bosque, las arriesgadas competiciones de trial en los acantilados del norte, las reparaciones de ruedas, pedales, cadena, etc.
La adrenalina. Le recordó la adrenalina. Aquella sensación o al menos el recuerdo de ella era... era...
Aquella dulce voz casi rota le devolvió a la realidad.
- ¿Y bien?
Aren, en silencio, se acercó a ella y con una rápida y tímida mirada comprobó que esperaba su respuesta con impaciencia. Tocó el monopatín y al instante pudo sentir la vibración en las piernas, el aire en la cara y las manos, la ropa sacudida por el viento, la emoción de saber que lo único que le separa del suelo es una fina tabla de madera, la velocidad...
Recordó la adrenalina.
Estaba clara su elección. Tenía la necesidad de sentirse libre y no preso del silencio de sus recuerdos. Sentir que lo único que importa es el ahora que pasa tan rápido sobre esa tabla y tan lento fuera de ella.
El descenso fue rápido para la distancia que recorrieron. Cuando llegaron, Aren pudo contemplar las llamaradas de 3 metros de alto a los lados de aquella enorme puerta de hierro forjado. Notaba como llegaba el calor a su cara. En cuanto salio del bosque fue como salir de casa a lo desconocido. Se sentía desprotegido, tenia la sensación de que en cualquier momento aquellas llamas le iban a consumir por completo.
Iba a girarse hacia aquella chica para preguntarla donde estaban cuando sintio una punzada de dolor en el cuello. Un pinchazo y estaba en el suelo.
Despertó al día siguiente y lo primero que vio fue el techo blanco y las vigas rojas de hierro que lo mantenían en su sitio. No había nadie en la sala. Se levantó, apagó la vela de su mesita y se vistió con ropa nueva y oscura que había encontrado en la silla de la habitación. Se sentía desorientado, muy desorientado. Se mareó y cayó de rodillas en el suelo frente a la puerta. Se puso en pie dispuesto a salir de esa habitación.
Abrió la puerta para encontrarse con un pasillo de 5 metros de largo. 3 segundos después, de una de las puertas del lateral del pasillo salió la chica misteriosa con una taza de café humeante entre las manos y el pelo muy despeinado, vestía una camiseta de pignoise que le valía de vestido.
Cruzó el pasillo de lado a lado, sin mirarle, dejó la taza en el mueble de la derecha de Aren, se giró hacia él y le abrazó. Rompió a llorar entre sus brazos. Llevaba demasiado tiempo encerrando esas lágrimas.
A el nunca le gustó ver como la gente lo pasaba mal. La separo de el apenas 5 centímetros, lo suficiente para ver esos ojos rojo intenso empapados en lagrimas. La secó la cara y sin dejar de mirar aquellos preciosos ojos que tanto le llamaban la atención dijo:
- Tranquila, no me has perdido
La besó. Un beso dulce, tierno.
Bajó la mirada y del mueble en el que había dejado la taza de café sacó un cactus muy poco común, estaba en flor. Una flor blanca y no muy grande, aun así bella. Lo dejó con cuidado al lado de la taza y las lágrimas volvían a brotar de sus ojos.
Aren la abrazó de inmediato. No soportaba verla llorar.
- Me dijiste que esa flor seguiría viva tanto como tu. Sabias que te arriesgabas, que arriesgabas tu vida.- mirándole fijamente a los ojos y entre llantos dijo.- La flor se secó Aren. Habías muerto.
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