Prólogo

17 0 0
                                    

El resplandor de un lámpara interrumpió la oscuridad de la noche, iluminando el demacrado rostro de la mujer que a su lado se hallaba y realizaba complicados movimientos con la mano. Luego de unos minutos en la misma tónica, se dio la vuelta con una sonrisa macabra grabada en su rostro.

— ¿ Y bien? ¿ Ya has meditado lo que tienes que decir?— Dijo caminando al lado de lo que parecía un bulto muy magullado y sucio. No recibió respuesta, así que continuó—. Veo que aún estás indeciso, lo cual es aceptable teniendo en cuenta la gravedad de la situación en la que , como el pobre estúpido que eres, te metiste.— El silencio la volvió a acompañar.

Con una fluidez no lindante con el aspecto de su cuerpo, siguió caminando alrededor del recinto, a veces incluso pateando "accidentalmente" al bulto, el cual de un momento a otro se levantó y arremetió contra la mujer.

—¡Ni te molestes en intentarlo, Serean! — Exclamó desdeñosamente—. Tú débil cuerpo no logrará derrumbarme—. Esta vez soltó una sonora cacajada, curiosamente cantarina y animada. El bulto cayó apenas unos segundos después sobre la madera podrida del recinto; seguía sin emitir más que leves gemidos.

— No tengo idea de donde está, Delhia.

—¿ Ah no? Entonces me pregunto, cuan tonta de mi por no haberlo hecho antes, por que habrías tratado de esconderte cuando te enteraste de nuestra victoria ¿ Por respeto a tu raza, quizá?— Murmuró con sarcasmo a la vez que movia la mano, dubitativa.— No lo creo. Tan bajo has caído que sería una gran mentira decir que conoces el significado de esa palabra. En realidad, la respuesta es muy simple: Porque tenías, y estoy segura de que aún lo haces, el objeto que robaste y que con tanta desesperación necesitamos.

— Delhia, por favor no lo hagas, te lo pido. Tú más que nadie sabes el horror que entregarle el objeto a ellos causaría—. Rogó con un susurro entrecortado.

— ¿ Qué no lo haga, dices? ¡ Has deshonrado a nuestra familia, la has manchado! ¡ Me has manchado a mí! ¡ Y todo por una mugrosa y asquerosa humana!— Gritó con furia contenida—¿ Y todavía crees que sería capaz de ayudarte? Necio asqueroso, creí que aún tenías dignidad.

— Debes entenderlo: hay que seguir el orden natural de las cosas, no podemos alterarlas,si lo hacemos solo causaríamos un caos... Y no solo para ellos, sino también para nosotros. Seríamos igual que ellos, aquellos humanos que ustedes tanto desprecían.

— ¿ Ustedes?— Se burló ella— Querido, ¿Acaso debo recordarte quien nos dio la idea?¿ Quien ideó la forma de dominarlos?— Él tragó saliva. Nunca antes se había arrepentido tanto de una cosa.— Todavía me da gracia tal ironía: Una chica totalmente necia y sin gracia logró encandilar al elitista y deseado Serean, engatusarlo y engañarlo, y todo eso mientras fingía un amor que no sentía. 

— Ella no fingía— Dijo Serean al tiempo que sentía la rabia hirviendo en su interior.

— Claro que lo hacía. Recuerda que fue ella quien nos reveló tu ubicación sin tapujos.

Y entonces, como un  volcán que alcanza por fin su punto de erupción, Serean estalló, lanzando llamaradas negras contra la mujer, quien pese a no estar preparada movió con fuerza ambos manos y lanzó un fuerte vendaval hacia el hombre; estaba dispuesta a dejarlo ahí, flotando en el aire sin herirlo, hasta que oyó las únicas palabras capaces de destuirla y voverla más poderosa, todo al mismo tiempo : " Yo fui quien la entregué, y ahora ella está muerta" le oyó decir mientras reía enloquecido. Cada vez con más furia, lo arqueó hasta partirle los huesos , lo giró cual marioneta y lo tiró con fuerza en dirección al tronco endurecido de un árbol. Cuando cayó, era un amasijo de piernas y brazos colgantes; un hilillo de sangre brotaba de su cabeza, engrosándoce  cada vez más. 

Lo sabía, sabía alguien la había traicionado y le había provocado la peor tristeza de su vida, pero conocer la identidad de quien lo había hecho... era peor. Esa persona no merecía seguir con vida.

Pero, en medio de su convencimiento de que había hecho lo correcto, de que por fin se había logrado vengar, la verdad de lo que le iba a pasar a continuación le cayó como un balde de agua fría. Se suponía que no debía matarlo, que ni siquiera debía verlo, que debía dejar que Los Superiores se encargaran de el; aquella nunca había sido su misión, y si antes había un posibilidad, por mínima que fuera, de que los otros vieran con buenos ojos su acto de valentía al conseguir el objeto, esta se había evaporado al matarlo: Serean Tolken era el único que tenía idea de donde estaba escondido el cáliz. Ahora había desaparecido por años, tal vez incluso por milenios, y ella era la culpable. Gritó con impotencia ; en ese grito iban acumulads todas las penas que había sufrido en su miserable vida: la pérdida de su hija, la muerte de su estirpe, su caída en la desgracia...

En la lejanía, un destello rojo se destacó en el cielo libre de nubes. Delhia Tolken sintió un escalofrío,  porque ellos, como no, ya se habían enterado y la estaban buscando. Su muerte era inminente, de modo que decidió hacer lo que siempre había jurado evitar al tacharlo como un acto de cobardía: escapar. En cuestión de minutos, dibujo una difusa forma en el aire y desapareció provocando que en su lugar quedaran pequeñas llamaradas blancas.Su rastro, por ahora, no podía ser seguido.


Los elementos ancestrales.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora