Parte 2

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Hoy es más que un comienzo: es mi primer año en la universidad. Mi cuerpo tiembla de nervios. Trato de calmarme y bajo a la sala.
El reloj marca las 6:30 a.m. Busco las llaves del auto —un Hyundai Accent Blue que me regaló mi madre— y mis ojos se humedecen. La extraño. Cierro los ojos, inhalo y salgo.
La neblina acaricia mi cabello mientras corro hacia el auto. Arranco, acelero y veo cómo el bosque se funde detrás de mí.
Enciendo la radio al reconocer una canción:
"I'm so sick of that same old love..."
La canto a pulmón. Mi voz, grave y torcida, llama la atención de los otros conductores, pero no me importa.
Llegar fue fácil: ante mí se alza un edificio completamente pintado de blanco de tres pisos con un portón enorme  me reciben solemnes. Dos guardias abren cuando aparezco. El estacionamiento está casi lleno.
dentro, adolescentes corren con entusiasmo por los pasillos. Camino por un pequeño jardín hasta los escalones que conducen a la puerta principal. Me cuesta un poco encontrar mi salón, pero después de varios intentos, lo hallo. Al entrar, se escuchan murmullos por todos lados.
Busco un pupitre justo al final.
Una mujer alta de cabello rojizo —teñido, con raíces negras y algunas canas destacadas sobre su piel caoba— se aclara la voz. De inmediato, el silencio se adueña de las cuatro paredes. Reconozco su nombre en el carné abrochado a su blusa:
Sra. Mabe.
—Bienvenidos, jóvenes —comienza-.
Pónganse de pie uno por uno y preséntense.
Luego de varios minutos fui  el último. Todos me miran, visiblemente interesados. Siento un vuelco en el estómago. Dudo un segundo antes de levantarme; mi corazón palpita desbocado. Me aclaro la voz y digo:
—Hola, mi nombre es Michaell Wattson;
tengo 20 años.
Mis manos, crispadas por los nervios, comienzan a sudar. Mi rostro se enrojece y siento que me falta el aire. —Ya pasó —me recuerda mi conciencia—.
El timbre anuncia el final de la clase y me apresuro a recoger mis cosas. Entonces, una chica delgada, bajita, de cabello castaño y lentes se me acerca.
—Hola, ¿Michaell?
Se nota que está nerviosa por la forma en que mueve las manos. Yo correspondo con una sonrisa amable:
-Hola.
—Me llamo Sara -dice ella, sonriente.
-Es un placer, Sara —le respondo, devolviéndole la sonrisa.
ella se ofrece a acompañarme a buscar el siguiente salón.
Por suerte, coincidimos en varias clases.
La mañana transcurre entre confianza y algunas risas tímidas.
A la hora del almuerzo, Sara me habla sobre las normas y menciona a un chico, pero no presto mucha atención.
Simplemente sonrío y asiento cuando es necesario.
Durante la última clase, sin miedo a ser observado, me dedico a mirar a los demás.
Veo grupos variados Y entonces lo noto: unos ojos grises me recorren. Me quedo sin aliento; siento que me desnuda, me paraliza. Mi garganta se seca y trago saliva con esfuerzo. Me desmorono bajo su mirada. al otro extremo hay un chico delgado, con cabello castaño, su nariz casi perfilada-Intento sostener su mirada, pero cedo y me sonrojo. Al bajar la vista, noto una sonrisa ladeada en sus labios, orgulloso de sí mismo. Cruza una media sonrisa y se vuelve hacia su libreta. Lo observo de reojo varias veces, pero sigue sumergido en lo que escribe..
Al terminar la clase, busco sus ojos, pero ya se ha ido.
Camino hacia la salida con Sara y un nuevo acompañante se une a nosotros: un chico alto, moreno, delgado, cabello negro, cubierto de tatuajes y con aire pícaro.
—Soy James, mucho gusto -se presenta.
Me extiende la mano y la aprieto con tirmeza.
—Mucho gusto, soy Michaell -respondo.
Lo curioso es que es todo lo contrario a
Sara. Me despido de ellos y vuelvo al estacionamiento a buscar mi auto.
El resto del día pasó en una rutina tranquila: leí un poco mientras escuchaba música de fondo. Me dormí alrededor de las 15:45. Al despertar, ya era de noche y mi habitación estaba en penumbras. Me quedé tumbado, sin decidir si levantarme.
Unas horas después, fui a la cocina, preparé un aperitivo para cenar, subí a mi habitación y me senté en la cama con las piernas cruzadas. La pequeña laptop reposaba sobre el edredón. Busqué música de fondo y luego fui al baño a cepillarme los dientes. Volví a la cama, exhalé todo el aire como si hubiera contenido la respiración, cerré los ojos y me sumergí en un sueño profundo.
El día siguiente fue casi igual. En el recreo, me senté con Sara y James. Hablaban de una banda nueva que tocaría el viernes en la ciudad
—Michaell, tenemos que ir —insistió Sara.
—Tocan muy bien  —añadió James.
Me lo propuse y terminé aceptando  la invitación
. Los días siguientes pasaban rápido asistiendo a los 3 bloques  diarios de clase, aprendiendo el mapa del edificio ya no me perdía para ir al baño ni confundía los salones  además descubrí una pequeña librería compré algunos clasicos que me serían útiles.

Mi primera vez Donde viven las historias. Descúbrelo ahora