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Un día más de trabajo. Me disponía a dirigirme a mi casa temprano por dos razones básicas: primero, quería descansar y estar con mi esposa. Segundo, hoy es día de clásico capitalino. En los clásicos me voy temprano a mi casa, son días especiales. Todo se me dio perfecto, vendí mucho y gané el doble de lo que usualmente gano. Tengo lo del día de hoy más que resuelto, por lo tanto puedo irme tranquilo a mi hogar.

Me dirijo a la estación de transporte "Las Aguas", camino lento pero seguro rumbo al lugar y en mi cabeza solo hay satisfacción. Llevo con migo el maletín donde guardo todos los libros y los CDs que no vendí, se siente mucho más liviano, su peso por si solo me causa alivio. Mi mente al estar absolutamente relajada y sin trabajar comienza a inquietarse con el paso de los segundos en mi trayecto rumbo a la estación. Comienzo a acelerar el paso y al mismo tiempo mis pensamientos también se aceleran. Recuerdo la primera vez que comencé a escribir por diversión, eran historias cortas, cuentos. Luego de leer mis primeros libros de filosofía básica sacados de la biblioteca de mi padre, comencé a escribir con más frecuencia, las personas comenzaron a notarlo. Desde mi madre hasta Santiago todos pensaban que era una pérdida de tiempo y energía que yo me la pasara escribiendo, puede que tuvieran razón.

Escucho el golpeteo de mis pasos sobre la superficie metálica del piso de la estación. Recuerdo que en mi tarjeta no tengo el equivalente al dinero suficiente para un pasaje así que me desvío un poco de los molinetes a la cabina para hacer una "recarga". En mi colegio al igual que en todos los colegios el profesor no siempre llegaba a tiempo, así que los estudiantes comenzaban a hacer lo que quisieran y yo mientras tanto sentado en mi puesto escribiendo o dibujando. A Carlitos, que le encantaba jugar fútbol (incluso más que verlo), le resultaba incomprensible y absurdo que alguien escribiera más de lo que pedían en el colegio.

Mi madre cuando llegaba a casa por las noches me preguntaba:

-¿Qué hace?-

-Leyendo- le respondía

Y ella siempre contestaba algo como –en otras palabras no está haciendo nada, siga perdiendo el tiempo como su papá, ¿ya ve como terminó el?-

Mis pensamientos fueron interrumpidos por algo bastante usual en el centro de la ciudad. A mis espaldas se escuchaba en la lejanía un griterío, muchas personas estaban haciendo ruido alarmante. /habrán agarrado a un ladrón/ pensé. Pero el bullicio de la multitud no cesaba y parecía acercarse, en medio del ruido alcancé a escuchar unos pasos a toda velocidad, como si de vida o muerte se tratara, tras esos pasos escuche el sonido de las pisadas de una segunda persona, que corría igual de acelerada. /no es tu problema, limítate a llegar temprano a casa/ me dije. Francamente no quería mirar hacia atrás para ver lo que ocurría, tenía curiosidad pero era más grande mi intención de preservar la paz que llevaba.

Volví a mis reflexiones internas. Recordé la primera vez que le mostré lo que escribía a alguien, fue a Santiago, el leyó aquel ensayo y pensó que realmente era genial. Interés genuino en algo que yo hice, no me imaginaba algo más gratificante. Gracias a mí el tipo quiso ser escritor, años después me devolvió el favor. Lo último que pensé antes de volver a ser interrumpido fue en la sensación que me acompañaba desde los 10 años, ese vacío en el estómago con el que había aprendido a vivir y a ser feliz, ese vacío que en cada ataque invade todo mi cuerpo y se transforma en locura. Toda mi vida he pensado que ese vacío representa la manifestación tangible del misterio del ser. Pero, en ese instante, justo antes de ser interrumpido de nuevo, alcancé a cuestionármelo.

Los pasos de repente estaban a centímetros de mí, y aun se acercaban más. Llegué a pensar que fuese quien fuese el que provocaba esas pisadas chocaría conmigo, de hecho, tenía razón. Algo impactó mi hombro, en ese momento sentí exactamente el mismo miedo que sentí cuando a los 14 años una estampida humana casi me mata. Esta vez yo era más alto y robusto, ese golpe ni siquiera me desestabilizó pero sí logró tumbar mi maletín que calló sobre el suelo de hojalata y debido a algún problema con el broche o a que yo lo cerré mal, se abrió derramando todos los libros y discos sobre el suelo. El responsable de haberme botado el maletín siguió su camino egoístamente, como si nada. Quería mantener mi serenidad pero pareciera que a la vida esa decisión no le parecía entretenida, me agaché a recoger mi mercancía a regañadientes. /ni siquiera para parar un momento a ayudarme o por lo menos para pedirme perdón, maleducado de mierda, un día alguien te va a enseñar de respeto/.

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⏰ Última actualización: Jan 09, 2017 ⏰

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