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—¿Quién es ese chico tan feo?

Pregunta SeHun, como si no reconociera a su propia persona.

Había un espejo, y este reflejaba a un muchacho delgado y de piel pálida, quien se tocaba el rostro como si tuviera algo que buscar en él. Lucía cansado, sus labios estaban hinchados y sus ojos, perdidos, negros y amargos, con unas pestañas largas y visibles, se humedecían por alguna razón. ¿Cuál era? ¿Qué podía rondar en la cabeza del muchacho como para trasnocharlo y entristecerlo tanto? Aseguraba no tener una idea muy clara, él debía estar feliz entonces. Debía estar satisfecho.

Pero no lo estaba. El espejo no mentía; a diferencia suya.

En su habitación, tomó sus cosas, se colocó una camiseta sin elegirla siquiera, se puso un abrigo y los zapatos y bajó las escaleras a toda velocidad. La puertilla tenía una maldita maña para abrirse y él agradecía a la vida por haberle hecho un experto con cualquier tipo de mañas, tanto de objetos como de personas. Salió a la calle, la temperatura era baja y su aliento se hacía visible frente a sus labios. Y corrió, corrió hasta que su corazón se aceleró y estuvo por darse contra el piso, los latidos desesperándose y él pudiendo decir "estoy vivo. Todavía estoy vivo".

SeHun estaba vivo, aunque eso no quería decir estuviera del todo bien. Y como decía Chanyeol (un primo hermano que no veía en persona desde los 10 años) sentirse vivo era lo importante. Trotó cansado y rumbo a la avenida, chocando con un par de personas cuando cruzaba la esquina de su calle. Lo miraron mal, mas él se disculpó inclinándose al instante, porque a pesar de todo siempre guardó la dudosa educación que le inculcaron en el barrio donde se crió.

Se detuvo en la farmacia, donde compró unas cuantas cosas y las guardó en su mochila. Habría comprado otras, mas el dinero de broma le alcanzó para lo que pudo. La de la caja le pasó la factura mientras murmuraba fastidiada, y él le sonrió con amabilidad, aguardando sin aguardar algún gesto a cambio, incluso si sabía que la gente era hasta tacaña con las sonrisas. Obviamente, ella ni sonrió, ni soltó un "de nada" o "a la orden" como respuesta. Empezaba a atardecer cuando se encontró en la parada de autobuses, sus dedos estaban fríos y su nariz muy roja.

SeHun olvidaba que había paro de transporte, y no fue sino hasta que pasaron más de veinte minutos que cayó en cuenta, y se resignó, con las manos escondidas en los bolsillos por el frío y acompañado por la mismísima soledad de su parada, a recorrer el camino a pie.

No tenía para el pasaje de todas formas.

La gente le pasaba a los costados mientras caminaba, la tenue luz del atardecer desaparecía para convertirse en la oscuridad de la noche y a él le aliviaba que hubiera, a pesar de todo, claridad en las calles, gracias a las bombillas recién puestas en los faroles altos de pintura fresca. "Cómo se nota que ya ha llegado diciembre".

Eran las diecinueve y catorce, eso le indicaba su celular a punto de apagarse por la falta de batería. Rápidamente volvió a guardarlo en su bolsillo, procurando que nadie lo viera para evitarse un robo, y alzó la vista hacia el tercer piso del primer edificio, ese del conjunto de departamentos frente a él. Estaba consciente de que no le dejarían entrar, así que se fijó de nuevo, esta oportunidad en la tercera ventana hacia arriba; enfocándose en ella sin pestañear, rogándole a JongIn que apareciera a base de pura conexión mental. Era una lástima que las conexiones mentales de SeHun fueran en realidad un rotundo fracaso y nunca le salieran bien, porque JongIn no apareció.

"Sé que te cuesta, pero tienes que decir las cosas, SeHun. Los súper poderes no existen pero tienes algo incluso mejor: tu voz".

El portero de la entrada estaba por decirle que se retirara, sus manos temblaban por el frío, sus ojos ardían y sus mejillas estaban rojas. No tenía disponible toda la noche para esperar y aun así, allí seguía.

pink green ‹ kaihunDonde viven las historias. Descúbrelo ahora