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"Agreguemos al texto estrés, ansiedad, depresión y cansancio. Esas son las enfermedades del siglo XXI, por las cuales hay innumerables suicidios en los países donde las personas son explotadas por el trabajo, el estudio, la necesidad de salir adelante. Japón, el mayor representante. Dos hijos preciosísimos de ojos de océano y cabello de oro, el único recuerdo que tiene usted de la figura de su esposa. Tres letras que juntas tienen el poder de estremecer a quien las conoce. E, l y por último, a. ELA. Esclerosis Lateral Amiotrófica. Cinco de cada cien mil personas padecen este defecto genético.

Ahora junte todo eso en una sola persona. Y ahora piense en que no puede mover la mitad del cuerpo del torso hacia abajo, y que progresivamente se comerá las funciones motoras de las extremidades superiores y el interior del pecho. Piense que esta persona debe sacar adelante a esos dos pequeños sin la ayuda de su pareja, puesto que ha partido de la manera más injusta posible. Una bala perdida. Y ahora dele un nombre: Harry Morgan.

Me parece que la muerte te sorprende en medio de la vida. Aunque a veces los más desafortunados somos los que quedamos aquí, hasta que te das cuenta cuál es la razón. Es difícil saber que psicológicamente eres una persona en todas sus cabalidades, pero te has dado cuenta de que lo que quiere hacer tu cerebro no es lo que tu cuerpo hace. Es como si estuvieras encerrado en tu mismo cuerpo. Si has leído El Esclavo, tal vez has comprendido una infinita parte de lo que es. No se conoce una cura conocida para esta irregularidad, y afortunadamente no está demasiado avanzada para impedirme trabajar, o tragar, o respirar. Todavía puedo tocar el piano sin sentir que mis dedos no responden a mis órdenes.

Lo más parecido que puedo ofrecerle a lo que es tener ELA es que se alarga el momento de la muerte. Usted deja de tener control de su cuerpo aproximadamente en doce segundos después del impacto de la guadaña, mientras que nosotros tenemos que soportar esos doce segundos, pero alargados en cinco, diez, quince años. Hasta que nuestro cerebro ya no tiene forma de decirle a nuestros pulmones que respiren, o muramos de hambre porque nuestro estómago ya no sabe digerir, o nuestra tráquea ya no sabe tragar.

Charlie tiene seis, y Alyson tiene diez. Alyson constantemente carga a Charlie mientras que la enfermera que empuja mi silla de ruedas nos acompaña a comprar la despensa de la semana. Me hubiera gustado que esa enfermera fuera Jane; Charlie sigue algo confundido preguntando dónde está mamá cuando está adormilado después de despertarse de un mal sueño. Aunque traté de explicarles a mis hijos qué es la muerte teniendo una seria plática con mi psicólogo, sigo sin saber cómo introducir eso en la vida de un pequeño infante. Más sabiendo que probablemente quede huérfano.

Alyson es la que me mira como si yo fuera un perrito perdido en medio de una avenida. Tiene en su mirada ese aire de lástima, y es lo que más me duele. Ella sí está consciente de que puedo irme pronto, ella ha aprendido qué es la muerte real, que esté entre tu familia, pues ella me ha demostrado que reflexionó todo eso mediante un impresionantemente bien escrito texto que imprimió y me entregó. Estoy seguro de que ella será una escritora excelente.

Como padre, también realizas que no puedes darles a tus hijos esas experiencias que deberían tener como una excursión al campo, un juego de fútbol, una sentada a la mesa del té. Además de que tengo que confiar ciegamente en que la enfermera los lleve a la escuela sanos y salvos mientras yo voy a mi diaria "rehabilitación" mental y física.

Soy arquitecto, Charlie siempre me dice "¡Papá haces líneas más derechas que mi regla!" Alyson me abraza constantemente, sabe que aquella hora está cerca. Todos los días estoy en casa, me han facilitado el trabajo al no tener que ir a la oficina a hacer los planos, me han traído un teléfono con el número de la empresa para responder a los peritos acerca de los detalles de los trámites y permisos, y han acondicionado mi estudio de música también como oficina especial. Sin embargo, cosas tan simples como las necesidades básicas se han convertido en un verdadero reto al no poder mover las piernas.

Hay ciertas cosas que extraño, como el calor que encontraba al voltear mi cuerpo en la cama, el café sin pedir en mi escritorio, las caricias que paseaban por mi cabello sacándome de mi excesiva concentración. Jane fue la mujer más maravillosa que un hombre puede conseguir, era paciente, tolerante, comprensiva, amorosa. Dulzura corría por sus venas y emergía de ella. De cabellos dorados y ojos zafiro, era la mujer de mis sueños, todo lo que alguna vez pude pedir. Ella tuvo casi todas las responsabilidades de nuestros hijos, los llevaba y los traía en la camioneta a todos lados, cocinaba, ayudaba con la limpieza junto con la señora Stevens, y sobre todo, me cuidaba. Me bañaba, me daba de comer, llegó a cargarme después de bajar 15 kilos debido a la enfermedad y dejarme arropado en la cama después de una noche de trabajo haciendo los planos para el siguiente día. Sin embargo, agradezco que me haya tocado a mí y no a ella ni a Charlie ni a Alyson.

Elizabeth, la madre de Jane, viene casi todos los días trayéndome las medicinas necesarias y arreglando cualquier desperfecto que a la señora Stevens se le hubiera pasado, además de darle sus dosis de cariños a sus nietos.

Tres años después, ella ya vivía con nosotros, dormía en el cuarto de visitas a un lado del de los niños, y yo comenzaba a tener dificultades motoras con mis brazos y mi respiración, y por defecto, mi habla. Cada vez hablaba menos para guardar más oxígeno en mis pulmones. Pedí prematuramente al trabajo mi jubilación e hice mi primer borrador de testamento. Declaré que quería que todos mis bienes monetarios y patrimoniales fueran total y completamente para Charlie y Alyson, a lo cual, Elizabeth había puesto un pero. Ella quería de menos un agradecimiento por su tiempo gastado en sus nietos y en mis cuidados. Como si fuera un empleo en vez de su propia familia.

Dos años después yo debía estar en el hospital, diciéndole a Miriam que escribiera esto por mí pues mis dedos se habían atrofiado demasiado. Lo único que ahora podía hacer era decir "hola", "te amo" y "gracias", créanme que hacer esto es un gran esfuerzo. Ni si quiera alimentarme, pues me habían insertado una sonda gástrica. Tampoco podía respirar, tenía el BiPAP puesto todo el día. Alyson ya tenía quince años, y Charlie, once.

El doctor McCarron me había puesto fecha aproximada de caducidad, la cual era el veinticinco de agosto, fecha que la mayoría de las personas del mundo tienen la dicha de no saber".





Año 2007, recordaremos la memoria del señor Harry Morgan, autor de más de 20 libros, arquitecto y dotado pianista, despedido ya hace casi un año. No dio a conocer el texto anterior, mi tarea como editora ahora es, entonces, publicarlo bajo el nombre de "ELA", citando una de las tantas anécdotas que vivió; dejándole a sus hijos, aún menores de edad, más de quinientos mil dólares como patrimonio heredado y a la humanidad, historias ficticias que cualquier humano quisiera vivir y además, la suya propia.

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⏰ Last updated: Apr 21, 2018 ⏰

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Décimo de Cuentos CortosWhere stories live. Discover now