Entonces salí de la casa, dije a mí mamá que iría con un amigo, mí mamá me creyó, estaba tan absorta en la nada, tan ensimismada en sus pensamientos, que ni Siquiera recordó que yo no los tenía, que todos mis amigos de alejaron de mí por ser el niño enfermo, por ser el raro, por ser el que no tenía un solo cabello sobre su cráneo. Solo quería caminar, quería salir de ahí, no quería estar en casa cuando llegaran los resultados de mi último estudio. Mi cáncer no era el más avanzado, pero según los doctores, lo sería, tarde o temprano lo sería, y no quería estar ahí para escucharlo. Fue insoportable de por sí, escuchar a mí hermana y madre ahogar sollozos después de mi primera quimioterapia, cuando mi pelo comenzó a caer, y fue mejor solo cortarlo antes de que cediera, querían parecer fuertes, y se los agradezco, pero no me gusta verlas así. Es horrible pasar por esto, le pido a Dios que quite esto de mí o me lleve con él, sería mejor a ver cómo mi madre se sacrifica para pagar mis tratamientos, para una inevitable muerte, me entristece ya no poder jugar, ya no poder hacer nada, y me enoja, me enojo con Dios, aunque brevemente. Mi padre me enseñó a creer en Dios y yo lo hago, aún cuando no pudo salvarlo de esta misma enfermedad que me está matando. Apenas lo recuerdo, pero Dios, cómo recuerdo su fé y su amor. Tal vez lo vea pronto.
Entonces caminé, fui al parque y di vueltas hasta que el sol comenzaba a ocultarse y chocaba contra el lago. No me hubiera importado morir ahí mismo. Entonces vi a una niña. Iba en mi escuela, en otra clase. Y se acercó y me dijo que su madre había pasado por esto, así sin más, como si los saludos sobraran, me dijo que no estuviera triste, yo ni siquiera sabía que parecía triste. Entonces su madre vino por ella, la tomó de la mano, y le dijo que era hora de irse. Me sonrió y susurró "suerte, mi madre ganó" y siguió a su madre, ambas con su cabello largo y lacio.
Entonces volví a casa, con un llanto de esperanza, la poca que quedaba en mí y que esa niña había sacado. Y vi a mi madre y hermana, llorando, pero no con lágrimas de desdicha, cómo era usual, era diferente, era mejor, eran de felicidad. Me vieron, me abrazaron tan fuerte, que dolía, pero no molestaba y mi madre me dijo "estás bien, mi cielo, gracias a Dios estás bien, el tumor se desvaneció". Entonces lloré, lloré como nunca, me desvanecí en brazos de mi familia. Mi vida había Sido liberada, y di gracias a Dios por dejarme vivirla.
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Finales tristes y alguno feliz.
Short StoryCinco historias cortas, y algún sentimiento.