Parte 18

123 1 0
                                    




Adrián está parado con una sombrilla de papel en la mano. Tiene anteojos de sol y está vestido con una yukata celeste y una faja negra. Delante de él hay un montón de chicos y adultos arrodillados alrededor de cuatro piletas Pelopincho. Adrián los mira con una sonrisa. Sabe lo que está sucediendo y parece disfrutarlo. En las piletas, decenas de peces de colores se mueven de acá para allá. Un hombre de remera negra intenta atrapar uno de esos peces para su hija. Arrastra por el agua una especie de colador de papel, como si fuera una red de pesca. Tiene que hacer un movimiento ágil y sintético, de lo contrario, cuando quite el colador del agua, el papel se habrá desintegrado y su hija se quedará sin pescado. El hombre se llama Raúl y es de Bolivia. Es la primera vez que viene, pero su hija -que lo mira inquieta mientras el hombre fracasa- asiste todos los años. Adrián, que mira desde atrás, también es público fiel. Él y la hija de Raúl parecen saber lo que Raúl y este cronista no: que la pesca en Pelopincho no es un juego de kermés, sino un arte, un deporte bonsái.


Un hombre de la organización se acerca. Toma uno de los coladores, hace un movimiento preciso y atrapa un pez. Lo pone dentro de una bolsa de plástico con agua, la cierra, y se la entrega como obsequio a la hija de Raúl, que se va contenta y triste a la vez, como si llevara un triunfo reversible entre las manos. Adrián contempla a los demás jugadores. Hay más de treinta personas intentando lo mismo. Él no juega, pero hace siete años que asiste religiosamente. Hace cinco, junto con Julieta y Soledad, amigas en esta aventura particular del Bon Odori, donde estamos, y esta pasión general que es para ellos la cultura japonesa.



Una descripción inmobiliaria diría que se trata de un festival en un predio gigante de un lugar de La Plata, con más de treinta puestos de comida, suvenires y ropa; una torre en el medio; cientos de personas bailando alrededor o haciendo música; un stand de la embajada japonesa en la Argentina; una carpa de una concesionaria de motos de dueño mitad platense mitad japonés; un montón de gente caminando vestida como cualquier argentino, y otro montón de gente caminando vestida como cualquier japonés. Eso, como descripción general. Pero entender lo que sucede en este lugar es, como la pesca para Raúl, mucho más sutil que solamente pasar el colador.


***


Cuando los padres de Mari pensaron en dejar su país, a comienzos de los sesenta, Paraguay aparecía como destino soñado. Eran de Kochi, al sur de Japón, a 135 kilómetros de Hiroshima, y veían que ese pequeño país de Sudamérica tenía todo lo que imaginaban de un lugar próspero: posibilidad de desarrollo, brazos abiertos, buen clima. Pero sobre todo, quedaba lejos de Japón, que por esos años se estaba recuperando (o lo intentaba) de eso que el mundo conoce como Hiroshima y Nagasaki, las únicas dos ciudades de la historia alcanzadas por bombas nucleares, lanzadas por los Estados Unidos en agosto de 1945. La guerra entonces, aun quince años después de esos bombardeos, seguía siendo un fantasma vivo que escupía japoneses hacia afuera. La hambruna era parte de la vida cotidiana. Las muertes por envenenamiento continuaban. Así, huyeron japoneses de a montones que llegaron a Brasil, Perú, Paraguay... Mari -hoy de 62 años, pelo negro cortito, saco oscuro, sonrisa como la de esos perritos de juguete que dicen siempre que sí- viajó en un barco durante 40 días junto con su madre y su padre. Su madre tiene hoy 90 años y no habla una palabra de español. Mari sí, pero con acento, con ese ritmo extranjero y simpático de los turistas. Su llegada a la Argentina, como la de la mayoría en Colonia Urquiza, fue por deslizamiento. Vivieron diez años en Paraguay, pero no los convenció: el calor, en contraste con los inviernos de Japón, era demasiado; y el país no parecía cumplir con sus expectativas. Llegaron a Buenos Aires y se instalaron en Florencio Varela. Comenzaban los 70 y, como ellos, muchos otros compatriotas se instalaron en la zona. Acá se pasó la vida hablando en japonés.

InvocacionesWhere stories live. Discover now