BOMBONES DE MARTINI Y ALMENDRAS

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...Dong...
...Dong...
...Dong...

DONG

Y entonces pasó:
El gran reloj de la casa, siempre a tiempo y con voz grave, cantó la media noche y así mismo el comienzo del mes

-Perfecto, las doce en punto! Misión cumplida...

Fué lo que dijo adormilado el pequeño Mario, que con ayuda de unos cuantos cafés, bueno, bastaaaantes cafés, cumplió el último de su lista de retos: "Ser el primero de todo el pueblo en recibir al mes de Septiembre, exactamente a media noche con un alegre soplido de trompeta".
Seguro que pensareis que su reto era de lo más anormal, pero... ¡Aunque sea lo cumplía siempre! sin importar su locura: Resulta que, al terminar las sesiones con sus amigos en el hospital, Mario y su grupo de colegas se retaban entre si con alocadas actividades que les alegrarían el verano. Daban sus mejores ideas (mejores refiriendose a más alocadas, si me entendéis) y luego eran asignadas a cada uno: Quien consiguiera completar los retos en el mínimo de tiempo posible sería el proximo jefe de la tropa, la tropa de Trinidad VI, el hospital de aquel pueblo perdido en el tiempo.

-Y ahora mi última movida: Quieras o no, se bienvenido Septiembre, escucha mi trompeta y convierteme en el jefe!

Trururururuuuuuuuu!

Se pudieron escuchar los quejidos de los vecinos y el ladrido de Bartolome, la perra de la casa, al escuchar el retondoso pitido... Pero ya eso le daba lo mismo: era el nuevo jefe de su tropa; el único con la destreza de cumplir todos los retos en el menor tiempo posible; el chiquillo que experimenta por tercera vez en su vida la brisa de la media noche... (Algo inusual si me lo preguntan, pero bastante comprensible considerando lo ordenado y perfeccionista que era Mario con todo, sobretodo, sus horarios).

La espera terminó, pero el hambre invadió al travieso y perfecto chico.De un brinco bajo de su ventana dejando el dorado instrumento en su viejo estuche; procedió a bajar los escalones hasta la planta baja, más precisamente a la cocina. A dos pasos del refrigerador y con el corazón agitado y el estomago rugiente, Mario se balanceó sobre este y lo abrió con cuidado. Con la mirada busco algún panecillo, pero lo único con lo que se toparon sus cansados ojos fueron unos bombones con un fuerte y embriagante aroma...

-Padre no se molestará: el doctor dijo que sería bueno que volviera a comer dulces, o como yo los llamo, dopamina concentrada y enferma, o DCE. Claro está que me dan asco, pero la euforia del momento y el quejido de mis tripas me llevarán a cometer una excepción.

Se devolvió sobre sus pasos hasta su obscura habitación, y ya sobre la cama, con su pijama de rombos azules y sus cómodas pantuflas puestas, se dispuso a devorar los dulces con mucha intriga y desconfianza.
Su ceño fruncido dejó claro su desagrado al probarlo, pero, sin importarle eso... siguió saboreando el dulce y crujiente chocolate.

-Esto es... ¿Qué es esto? Trocillos de almendra y... un peculiar sabor a... a... la tía? Sisi: igual que el propio aroma que sentía cuando su aliento pasaba por mis narices... Desagradable, repugnante, enfermizo! Pero... no del todo.

Once delicados bombones después, el orgullo que recorría su cuerpo se convirtió en la sensación más agradable del mundo: lo adormeció lentamente e incluso le saco alguna que otra risilla sin sentido...

-Jejejej...je...j... jeje...

El licor durmió al pequeño Mario... pero ahí no se detuvo: Despertó ahora, en lo profundo de un mar obscuro, penetrante y turbulento... Y algo no estaba del todo en orden.

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