Prólogo

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|Duelo|

El olor a sangre, sudor y lágrimas era el hedor que woojin más amaba. Se justificaba alegando que era el olor de la verdadera lucha, del verdadero peligro. Siempre decía que un verdadero hombre es aquél que reconoce su labor por muy peligroso que este sea, siendo que aquellos pobres hombres eran vikingos, morir en nombre de los dioses era su verdadera labor.

Agudizó el oído distinguiendo los sonidos de espadas y hachas chocando entre ellas, gritos de lucha y dolor, las mallas de las armaduras de los guerreros del Rey bang. Inútiles, deberían de haberse dado cuenta ya de que la armadura al ser pesada les limitaba movimiento, además de que el cuello siempre estaba al descubierto, ¿Cómo podía ser que una de las partes del cuerpo humano por la que se podía matar al instante estuviese tan descubierta?.

Visualizó al final de aquella larga iglesia al rey, vestido con sus mejores galas en cuanto a armaduras se hablase, su mejor espada la cual relucía por la luz que entraba de los vitrales y su mejor cara de espanto al clavar la vista en él.

Ambos habían jurado terminar con la vida del otro. En un pasado, vikingos atacaron a wessex, matando al padre del Rey chan y este por venganza mató a la madre de Woojin. Por ello, los vikingos habían vuelto a atacar por orden de Woojin.

Pillaron a los cristianos desprevenidos, lo cual les facilitó el ataque. A parte, los que no eran guerreros, —Niños, mujeres y ancianos, junto con los de la Iglesia y los esclavos— Tenían la manía de encerrarse todos juntos en la capilla, haciendo que el ratón entre en la ratonera.

Desde que sus ojos conectaron ninguno los había desviado. Woojin empezó a caminar entre la gran batalla que se desataba allí dentro en dirección al rey. Su cara estaba completamente contraída en una mueca de enojo, su ceño fruncido y sus fosas nasales dilatándose, dejando ver que estaba respirando cual rinoceronte.

El rey bang, el cual estaba en el altar, lo miraba con una sonrisa ladeada mientras preparaba su mejor posición de combate. Cuando woojin llegó hasta él, se ensalzaron en un duelo a sangre fría. Cuando Chan dio un pie en falso y se tambaleo provocando su caída, Woojin, aprovechando aquél momento de despiste por parte del otro, lo desarmó con un movimiento limpio de muñeca. Se acercó lentamente a su oponente, apoyando la cuchilla de su hacha contra la garganta de este.

—Hola chris, ¿O debería decir, rey bang?—Dijo acompañado de una carcajada.— Mírate, a tus dieciocho años y ya con un pie dentro y otro fuera. ¿Sabes? Soy un poco torpe su realeza, quizás mi pulso tiemble y lo degolle accidentalmente.—Rió mientras dejaba un corte superficial en la garganta del otro para después pasar un dedo del otro allí donde la sangre se derramaba, para después chuparlo.

—En nombre de Dios y que este me perdone por mis malas palabras, no eres más que un perro rabioso.

—Pues este perro rabioso quiere divertirse con su realeza un ratito, hay tiempo todavía hasta que sea su lecho de muerte, mi señor.

—Ojalá te pudras en el infierno, hijo de Satán.

Woojin rió ante tal insulto. Seguido de aquella estridente carcajada, todo quedó en silencio. Lo único que el oído de los que aún quedaban vivos captaban era el ruido de las respiraciones aceleradas de los vikingos.

—Esta escoria debe ser el rey bang.—Pronunció una voz profunda tras él.—¡Está escoria debe ser el asesino de mi esposa!—Gritó, para después postrarse al lado de su hijo, quien todavía hacía descansar sutilmente el filo del hacha sobre la garganta de quien estaba en el suelo.

—Padre, encontré mi próxima diversión mientras planeamos el ataque a Mercia.—Dijo Woojin mientras sonreía de manera cínica y pícara.






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