AHORA
Primavera 2522
Había amanecido hacía tan sólo unos minutos y ya había hombres agonizando. Desde donde estaba arrodillado, junto a las brasas de una fogata, Kaspar oía los gritos de dolor que transportaba el viento frío al soplar por la boca del valle, y en silencio encomendó sus almas a Sigmar, o a Ursun, o a Ulric, o a cualquier deidad, si la había, pendiente de ellos en aquella mañana inhóspita.
Jirones de niebla flotaban sobre la tierra mientras un sol tímido trepaba por el pálido cielo para sustituir a la descendiente luna llena y lanzaba una luz mortecina sobre el valle en el que dos ejércitos saludaban el nuevo día y se disponían a destrozarse. Kaspar estaba entumecido; se masajeó la rodilla hinchada e hizo una mueca de dolor cuando le crujieron los envejecidos huesos. Era demasiado viejo para volver a dormir en el suelo, y a causa del frío le dolía todo el cuerpo.
Miles de hombres llenaban el valle: piqueros de Ostland, alabarderos de Ostermark, arqueros de Stirland, Kossars de Erengrado, espadachines de Praag y los supervivientes ensangrentados de los regimientos atrapados en Kislev después de la masacre de Zhedevka. Se alzaron de entre las mantas y avivaron en seguida las fogatas. Desde donde se encontraba, Kaspar podía ver tal vez dos tercios del ejército, unos siete mil hombres del Imperio y otros nueve mil de la ciudad de Kislev y de las stanistas circundantes. La niebla y la inclinación del terreno se confabulaban para ocultar de su vista otros seis o siete mil guerreros.
Hacía muchos años que no comandaba soldados en combate, y el hecho de pensar en enviar a la muerte a aquellos bravos hombres, de los cuales algunos apenas tenían edad de afeitarse, le producía una tristeza familiar y le hacía sentirse humilde.
Centenares de caballos relinchaban y pateaban, irritados por la presencia de tantos soldados y por el olor a carne asada. Los escuderos apaciguaban a los corceles de sus amos con palabras tranquilizadoras, mientras los lanceros kislevitas coloreaban las crines de sus monturas con pinturas de guerra y sujetaban estandartes emplumados en las sillas. Miembros del clero kislevita, con túnicas negras, recorrían el ejército e iban bendiciendo a su paso hachas, lanzas y espadas, mientras sacerdotes de Sigmar recitaban en voz alta textos de los Cánticos del martillo del héroe. Algunos hombres pretendían haber visto un cometa de cola bífida durante la noche y, dado que nadie estaba demasiado seguro de lo que presagiaba, los sacerdotes interpretaron aquello como un signo de que la deidad encargada del Imperio estaba de su parte.
El propio Kaspar había soñado con el cometa, lo había visto resplandecer en el firmamento y bañar la tierra con su luz divina. Había soñado que el Imperio se veía arruinado por la guerra, que sus imponentes ciudades eran derribadas y sus gentes exterminadas: Altdorf ardía bajo el fuego de los conquistadores, la norteña fortaleza de Middenheim se hallaba anegada en sangre y sus habitantes colgados por las entrañas en lo alto de la Fauschlag. Bárbaros hombres del norte y bestias monstruosas que caminaban a dos patas se desmandaban por las antiguas calles de su querida Nuln, devastando y quemando todo lo que encontraban, mientras un joven de cabellos dorados, empuñando martillos de la herrería de su padre, se alzaba para hacerles frente.
Desechó tan melancólicos pensamientos y avanzó a través del ejército. Había dormido separado de sus camaradas porque se sentía incapaz de olvidar su culpa y no quería compartir su pena después de lo que había hecho la semana anterior al pie de la Gora Geroyev.
Carros pesados, cargados con sacos de pólvora y proyectiles, se abrían paso entre el fango mientras arrieros sudorosos y robustos conductores se esforzaban para impedir que se atascaran en el lodo. Avanzaban dando bandazos hacia la elevación del terreno en la que los estandartes de la Escuela Imperial de Tiro ondeaban sobre macizas hileras de pesados cañones. Junto a los artilleros, que esperaban la orden de abrir fuego, había braseros humeantes; los ingenieros, con las casacas azules y rojas de Altdorf, hundidos en pozos artilleros fortificados detrás de los cañones, calculaban el alcance de los morteros.