6. La casada infiel

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A Lydia Cabrera y a su negrita

Y que yo me la lleve al río


creyendo que era mozuela,


pero tenía marido.


Fue la noche de Santiago


y casi por compromiso.


Se apagaron los faroles


y se encendieron los grillos.


En las últimas esquinas


toqué sus pechos dormidos,


y se me abrieron de pronto


como ramos de jacintos.


El almidón de su enagua me


sonaba en el oído,


como una pieza de seda


rasgada por diez cuchillos


Sin luz de plata en sus copas


los árboles han crecido,


y un horizonte de perros


ladra muy lejos del río.


Pasadas las zarzamoras,


los juncos y los espinos,


bajo su mata de pelo


hice un hoyo sobre el limo.


Yo me quité la corbata.


Ella se quitó el vestido.


Yo el cinturón con revólver


Ella sus cuatro corpiños.


Ni nardos ni caracolas


tienen el cutis tan fino,


ni los cristales con luna


relumbran con ese brillo.


Sus muslos se me escapaban


como peces sorprendidos,


la mitad llenos de lumbre,


la mitad llenos de frío.


Aquella noche corrí


el mejor de los caminos,


montado en potra de nácar


sin bridas y sin estribos.


No quiero decir, por hombre,


las cosas que ella me dijo.


La luz del entendimiento


me hace ser muy comedido.


Sucia de besos y arena,


yo me la lleve del río.


Con el aire se batían las


espadas de los lirios.


Me porté como quien soy.


Como un gitano legítimo.


La regalé un costurero


grande de raso pajizo,


y no quise enamorarme


porque teniendo marido


me dijo que era mozuela


cuando la llevaba al río.

Romancero gitano Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora