El peso de las palabras

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Spencer sabía que, desde que le había contado a JJ lo de su exnovia, esta vivía insegura sobre si él le contaba todo o aún le guardaba algo. Una noche decidió intentar hablar con ella para devolverle la paz que había perdido a causa suya, pero las palabras no le fluyeron. Así que al día siguiente se levantó temprano y se fue a su estudio a pensar. Fue en ese momento cuando tomó una libreta que tenía en un cajón y comenzó a escribir todo lo que pasaba por su mente. No supo cuánto tiempo pasó; solo dejó de escribir cuando su esposa entró al estudio.

—Spencer, estaba buscándote —dijo Jennifer, entrando al estudio—. El desayuno está listo.

—Claro, Jen —dijo Spencer, guardando rápidamente la libreta—. Te sigo.

—¿Todo en orden? —dijo Jennifer al ver cómo Spencer guardaba todo antes de que ella pudiera ver.

—Como siempre, amor —dijo Spencer sonriendo—. ¿Vamos?

—Claro —dijo Jennifer, poco convencida.

El resto del día pasó con normalidad... en parte: Jennifer se negó a hablar con Spencer más de lo estrictamente necesario. Sabía que todos en la oficina lo notaron, pero por respeto ninguno dijo nada. Spencer conocía el motivo de la actitud de su esposa, así que decidió terminar lo que estaba escribiendo por la mañana. Al día siguiente debía tomar un vuelo y quería dejarle la carta antes de irse, pero no quería que la viera con él todavía en la oficina, así que esperó hasta la salida para dejarla en su lugar.

—¿Jen, me esperas un momento? —dijo Spencer antes de subirse al auto—. Olvidé algo, es importante.

—Claro que sí —dijo Jennifer sonriendo levemente—. Aquí te espero.

Spencer tomó rápidamente el elevador; solo le tomó unos segundos dejar la carta. Al día siguiente, se levantó temprano para empacar las cosas que necesitaba para esa semana, se despidió de sus hijos y de su esposa, quien lo miraba sin entender por qué no se iban juntos.

Al llegar a la oficina, Jennifer encontró un sobre en su escritorio con su nombre: era la letra de Spencer. Así que se sentó a ver de qué se trataba.

Jennifer:

Sé que, desde que te conté lo de Heather, no has podido estar tranquila. Vives pensando si te oculto más cosas o si sabes todo de mí, y no te puedo culpar; siempre he sido bueno ocultando las cosas, pero era más por instinto de supervivencia que por otra cosa.

Ayer, cuando entraste a nuestra oficina, no estaba haciendo nada que no quisiera que supieras, solo que no era el momento para contarte. En las siguientes páginas encontrarás en lo que trabajaba: son mis pensamientos e ideas, todas las que pasan a diario por mi mente pero que me cuesta decirte, no por miedo ni nada de eso. Simplemente es porque mi mente trabaja más rápido de lo que desearía y no logro concentrarme en algo; solo escribiendo pude dejar fluir todas esas ideas.

Hoy salí antes porque debía tomar un vuelo a Vermont para un congreso de Neurociencia aplicada. Ayer quería contarte que finalmente me había llegado la invitación, pero en todo el día no quisiste hablarme; ni siquiera a la hora de la comida quisiste escucharme, pero sé que no puedo quejarme, porque fui yo quien lo causó.

Tal vez esta semana separados nos sirva para reflexionar sobre lo que está pasando, y cuando nos volvamos a ver ya no haya espacio para la duda. Por mi parte, te puedo jurar que no hay más secretos, ni los habrá (solo si son para sorprenderte, como cuando compré nuestra casa). Eres mi amor eterno y espero ser eternamente el tuyo.

Tu madre llega a las 10 para ayudarte con los chicos durante mi ausencia, y le contraté un chofer para toda esta semana. Así que todo está cubierto, o eso creo...

Una vida juntos. (Editado)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora