Acepto pedidos, pero por favor, LEED EL APARTADO DE PEDIDOS (primer capítulo)
⚠️⚠️Los protagonistas de las historias eroticas son mayores de 18 años⚠️⚠️
👉Prohibido robar algún edit o la portada.👈
⚠️Esta historia es fruto de mi imaginación. Los per...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
─── ❖ ─── 𓆩 ✦ 𓆪 ─── ❖ ───
No recordaba que el olor del orfanato fuese tan claro. Madera húmeda, sopa de verduras y jabón barato. Me vino como un golpe cuando crucé otra vez el patio, empujada por la curiosidad más que por la nostalgia. Llevaba años imaginándome este lugar como una foto fija, pero la realidad era más ruidosa: niños corriendo, risas, una pelota que rebotaba mal contra el muro, la hermana Lily regañando sin levantar la voz. Y, sobre todo, ese eco en el pecho que tenía un nombre muy concreto: Asta.
Entré con paso firme, aunque por dentro iba cosida a nervios. Habían pasado meses desde que le vi la última vez, en la plaza, con la capa negra colgando del hombro y ese aire de "no me rindo ni muerto". Yo aún no tenía insignia, ni capa, ni nada. Ahora sí. Ahora iba a la par, al menos en el uniforme. Era mi primer día libre desde que me aceptaron en la misma orden que él. Los Toros Negros. A veces me parecía una broma pesada del destino, pero me presenté al examen y Yami me fichó sin pestañear.
―Me gusta tu mirada, chica ―dijo, como si eso fuera una virtud táctica. Igual lo era.
La hermana Lily me vio y sonrió como si me hubiese ido ayer. Me abrazó un momento, y ese gesto me apretó un nudo en la garganta que no me esperaba. Hablamos de cosas pequeñas: de los críos que ya no están, de los que acaban de llegar, de lo que falta, de lo que sobra. Yo escuchaba, asentía, ponía excusas para alargarlo. No quería admitirlo, pero estaba esperando una voz concreta detrás de la puerta del comedor, una voz que desorganiza a cualquiera.
—¡¿(Nombre)?! —el grito fue un torbellino.
Ni tiempo a girarme. Un golpe de aire, dos brazos como un ancla, y, de pronto, estaba levantada del suelo. Asta me daba vueltas en mitad del pasillo como si yo fuese una bandera que ondea. Reí a pesar de mí, pegándole una palmadita en el hombro para que me bajase.
—Vale, ya, que mareas —dije, sin poder borrar la sonrisa.
Me dejó en el suelo, todavía con esa energía como de incendio controlado. Asta era el mismo, solo que más... más todo. Más fuerte, más alegre, más seguro de sí mismo, más de golpe. Su mirada se detuvo un segundo en mi capa, en el parche de los Toros Negros, y abrió los ojos como si hubiese visto fuegos artificiales.
—¡¿Has entrado a los Toros Negros?! ¡¿De verdad?! ¡Eso es increíble!
—Eso me han dicho —respondí, intentando sonar tranquila, aunque el orgullo me subía en oleadas.