Las últimas palabras de Duke fueron como una bomba cayendo sobre el pequeño corazón de Max. Un tren. ¿En serio? Compararlo con un tren era un chiste de mal gusto.
Su corazón latía como si hubiese bebido diez tazas de café, y en cuanto recuperó el sentido común, corrió hasta quedar frente al enorme perro.
—¡Duke! ¡Repite lo último que dijiste!. —ordenó Max, con los ojos bien abiertos y las orejas en alerta.
El otro, sin inmutarse, solo alzó una ceja.
—¿Qué? Es la verdad.
—¡Duke!. —repitió su nombre, esta vez con más intensidad, como si con el volumen pudiera cambiar la realidad. —Una cosa te diré.
Max se paró firme, mirándolo fijamente. Duke, en cambio, no mostraba ninguna emoción en su rostro. Lo único que pasaba por su cabeza en ese momento era: ¿Qué le picó ahora?.
—Prométeme que no le dirás eso.— Dijo firme, sin levantar la voz. — No sé si me mientes, sobre que mañana iremos a la granja. Solo quiero que todo esro. No lo digas. No podría verle a la cara nuevamente.
—Oye, lo que sientes es normal. Creo... A todos en algún momento el conejo de Cupido les lanza una semilla y tienes que sembrarla con gallardo para que nazca.
Duke, despreocupado, se sentó a su lado y comenzó a rascarse detrás de la oreja, sin dejar de observar cómo su pequeño amigo bajaba la cabeza.
—No creo que sea eso… Gallardo es alguien admirable, pero…
—¿Tienes miedo, verdad?.
—No es miedo. Es terror.
—¿No es lo mismo?.
—No, esto es como el miedo, pero multiplicado por mil. Como cuando tú ves una serpiente en la tele.
—Ya estamos otra vez con el temita de las lombrices.
—Pero volviendo al tema… —suspiró Max con resignación. —¿Prometes no decir nada?
—Claro.
—¡Muchas gracias! Yo…
—Con una condición.
Max parpadeó, confundido. Esa no la vio venir.
—Bien. —dijo, resignado. —¿Cuál es la condición?
—Yo también quiero un pañuelo.
Duke sonrió con satisfacción mientras veía la expresión de su amigo transformarse en una cara de póker.
—Bien… Le diré a Gallardo que te obsequie uno.
—¡Sí!
Duke se sintió como un negociador profesional. Claramente, ver programas de policías con el humano había dado sus frutos. Max, en cambio, solo lo miró con desconfianza. Siempre pensando en las nubes, pensó.
Suspiró y se dirigió a su cama, que ahora estaba junto a la ventana del departamento. Desde que su dueña había comprado una mesa pequeña para que el niño hiciera sus tareas, su camita había sido reubicada.
Se acomodó y poco a poco cerró los ojos… hasta que sintió unas caricias en la cabeza.
—¡Max!. —la voz del niño sonó emocionada. —¡Te hice otro dibujo!.
Max levantó la cabeza y observó el papel. Esta vez sí se reconocía en el dibujo. Ladró dos veces y movió la cola con entusiasmo mientras veía cómo el niño lo pegaba en la pared, junto con otros dibujos.
La madre del pequeño se acercó con una sonrisa.
—Bien, cariño. Despídete de Max, es hora de dormir. Mañana tienes escuela, y cuando salgas iremos a ver a tu abuelo.
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[EDITANDO] Hilo Rojo ©
Teen FictionCuentan aquellos. Qué todos nacemos con un hilo rojo, invisible a la vista, el cual está atado a alguien más. A la otra mitad de la naranja, ser que amaremos por siempre y sin importar el tiempo o adónde nos lleve la vida. Aquel hilo puede estirarse...
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