El Viaje

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Desde la infancia siempre soñé ser astronauta. Recuerdo claramente las noches en las que los relámpagos resonaban entre las nubes turbias y yo, temblando de miedo, buscaba consuelo en mi Papito —mi abuelito—, mi único soporte emocional. Para calmar mis miedos, me contaba las maravillosas aventuras de mi papá en la Luna, a quien dieron por muerto al perderse en el espacio, debido a una falla técnica de la nave. Siempre tuve la esperanza de encontrármelo nuevamente.

Desafortunadamente, me diagnosticaron leucemia a los 13 años, lo que me ocasionó dificultades en cumplir mi sueño; sin embargo, esto no me impidió seguir adelante. Empecé a recibir ayuda en mi terapia. Recibía transfusiones de sangre; todo esto era muy agotador para mí.

Después de dos años de terapias, me logré liberar del cáncer y decidí seguir adelante con mi vida. Al cumplir los 16 años se me presentó una oportunidad que no podía rechazar: los amigos astronautas de mi papá, junto a una empresa llamada Make-A-Wish, me dieron la grata noticia que fui uno de los pocos seleccionados para participar en un entrenamiento para un viaje a la Luna.

Fueron dos años de duro entrenamiento. No quiero entrar en detalles, pero fue una preparación que consistía en entrenamiento básico, entrenamiento avanzado y asignación de una misión.

El entrenamiento básico era para medir nuestra resistencia física; también nos enseñaron qué hacer en caso de emergencia. En el entrenamiento avanzado nos enseñaron a manejar las máquinas y vehículos que usaríamos en el espacio, como por ejemplo, usar una nave espacial. Y por último, si lográbamos pasar las pruebas, nos asignaban una misión de práctica con equipos completos.
Lo más duro para mí fue cuando en una práctica nos hacinaron en un cuarto pequeño por más de seis meses, alimentándonos de comida deshidratada y con poca agua para beber. Esta práctica se realizó para saber si podíamos sobrevivir en el espacio o si podíamos termina con demencia espacial; es decir, querían probar si teníamos algún problema mental y cómo reaccionaríamos al estar encerrados. Fue muy dura esta prueba porque significaba que no vería a mi abuelo durante un buen tiempo. Nunca antes había estado separado de él. Era todo lo que tenía, era mi única familia.

¿Qué pasó con mi madre? Me abandonó al recibir la noticia de la desaparición de mi padre. No pudo seguir adelante. Decidió abandonarme porque según ella, yo tenía un gran parecido a él. Mis otros familiares simplemente se olvidaron de mí al perder contacto con mi madre. Fue en esas circunstancias que me adoptó mi abuelo y fue desde ese momento que se convirtió en mi única familia. En verdad no sabía si lograría vivir sin mi Papito.

Los días iban pasando y cada vez estaba más cerca el fin, ya solo quedaban unos cinco meses para que escogieran al astronauta que iría a la Luna, estaba lleno de emoción y ansiedad por ganar. Me había esforzado demasiado para cumplir mi sueño de ir al espacio y llegar a la Luna para buscar a mi padre.

De un día a otro, no se qué pasó, pero empezaba a sentir más cansancio de lo normal. Cada vez que salía a entrenar me cansaba más rápido, me sentía más débil. A veces, hasta me mareaba, sentía un aturdimiento muy fuerte. Al principio no le tome importancia, era por mi falta de sueño, decía yo; dormía pocas horas, entrenaba demasiado, pues —en serio— deseaba ganar el viaje lunar. Mi piel empezó a ponerse pálida poco a poco, me salían moretones de la nada, no tenía tanto apetito. "Es por el duro entrenamiento" —me repetía siempre. No quise darme cuenta, no quise creerlo. Me empezó a sangrar la nariz. Tenía miedo de ir al doctor, ya sabía lo que me diría.

Traté de ocultarlo. No podía dejar que nadie se enterara. No sabía si me descalificarían ni tampoco quería descubrirlo.

El cáncer había regresado. La leucemia no me quería dejar en paz. Era como si toda mi vida hubiera sido creada con odio por Dios. La enfermedad había regresado con más fuerza. El doctor dijo que me quedaba, con suerte, un mes más de vida. Fue el golpe más fuerte que había recibido en todos los años de mi existencia. Me deprimió demasiado. Cuando estuve a punto de tirar la toalla, se me acercó mi abuelo, me miró a los ojos llenos de lágrimas, me dio un abrazo y me dijo que todo estaría bien, que no me rindiera. Creo que es lo que más necesitaba escuchar en esos momentos.

Ya había pasado un mes y seguía con vida, el cáncer aún no me vencía. Lo tomé como una señal. Seguí con la competencia.

Llego el día. Nos dirían quién iría a la Luna. Fueron los minutos más largos que había vivido. Se me salían las lágrimas mientras me felicitaban. No podía creer que había ganado y que iría a la Luna. Sin embargo, ahora estoy aquí, en la nave, a pocos minutos de aterrizar. Cada vez me siento más cerca de mi padre. Todo se está poniendo más claro. Creo que al fin lograré reunirme con él otra vez.

Houston, misión cumplida.
Cambio y fuera.

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