Cuestión de probabilidades

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—Buen día para todos —dijo Prenttis una vez que todos estuvieron reunidos en la sala de juntas—. Tenemos un nuevo caso.

—Este caso los llevará a Nueva York —dijo García, encendiendo la pantalla—: cinco asesinatos en dos semanas. Las víctimas no tienen nada en común, salvo la causa de su muerte: dos disparos, tres puñaladas, y finalmente murieron ahorcados con una soga.

—Pasó de lo impersonal a lo personal en cuestión de minutos... tal vez —dijo Rossi, mirando las fotos.

—Es un caso poco común —dijo Reid pensativo—. La mayoría de los asesinos comienzan con crímenes de manera impersonal —es decir, usan otros medios fuera de su propia fuerza— y con el paso del tiempo lo convierten en algo personal, pero a este asesino le tomó unos minutos.

—Según las autopsias, nuestro asesino, después de cada lesión, los dejó desangrarse por un par de minutos antes de continuar —dijo JJ seriamente—, ¿hasta que tomó la decisión de ahorcarlos para terminar su sufrimiento... o tal vez por remordimiento?

—Eso es lo que debemos averiguar —dijo Prenttis mirándolos— para detenerlo antes de que sigan apareciendo cuerpos.

—Me acaba de llegar un nuevo reporte de la policía —dijo García, revisando su tablet—: tres cuerpos más. Uno es reciente; los otros dos tienen algo más de tres semanas, pero presentan las mismas lesiones.

—Puede que esos dos sean los primeros o solo unos más entre muchos —dijo Simmons seriamente.

—Partimos en treinta —dijo Prenttis poniéndose de pie—. García, necesito que vengas con nosotros. Dile a Lynch que lo necesitamos aquí; yo me encargo de lo demás.

—De acuerdo —dijo García seriamente.

Todos salieron a buscar sus cosas, menos Spencer, que se quedó en su lugar. Jennifer, al notar que su esposo no la seguía, vio que este no se había movido, lo cual le pareció extraño.

—¿Todo en orden, Spence? —dijo Jennifer, sentándose a su lado.

—En general, sí —dijo Spencer sin mirarla—, solo que hay una historia que no te he contado.

—¿Tiene que ver con Nueva York? —dijo Jennifer mirándolo.

—Así es —dijo Spencer seriamente.

—Te escucho —dijo Jennifer sonriendo levemente—. Ambos tenemos todas nuestras cosas listas, así que es solo tomarlas.

—De acuerdo. Sé que mamá en algún momento te contó la historia de cuando mi padre nos abandonó —dijo Spencer mirándola, y esta asintió—, pero lo que no te dijo es que nosotros no vivíamos en Las Vegas, sino en Nueva York.

—Es cierto, yo solo supuse que como creciste en ese lugar, de ahí se había marchado tu padre —dijo Jennifer seriamente—. Bueno, continúa.

—Un día antes de irse, él me llevó a mi heladería favorita, al museo y a la librería —dijo Spencer sin mirarla—. Era su forma de despedirse, aunque yo no lo entendí en ese momento. Después de un par de días sin que él volviera, mamá empacó todas nuestras cosas y nos fuimos a Las Vegas. Nunca más volví a la ciudad; nadie jamás sospechó por qué, siempre que salían casos cerca de allí, inventaba alguna excusa para no ir o me mantenía encerrado en los comandos de policía trabajando. Así que por años logré evitar poner un pie allí... hasta hoy.

—Lo evitaste para reducir las probabilidades de encontrarte con tu padre —dijo Jennifer mirándolo—. A pesar de ser ciudades grandes, con más de veinticuatro millones de personas viviendo solo en Nueva York, y de que la probabilidad de encontrarte con él es casi insignificante —es decir, menos del 0.5%—, lo evitaste tanto como pudiste. ¿Es eso lo que te tiene así? ¿Qué esa probabilidad se haga realidad?

Una vida juntos. (En edición)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora