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"No queda nada, la habitación está vacía"
Miré, por los rincones y por las persianas, donde solo estaban las pilas de libros, donde solo había una cama desarreglada, un espejo, un piano y una radio que no funcionaba porque desde ese día nunca hubo nada, todo se había ido.
Él me gritaba, me tendía una mano, pero el fuego me estaba consumiendo, el humo me estaba cegando la visión, no podía intentar alcanzarlo.
En un grito ahogado, en el que me acordaba de toda mi vida, de la vez que huímos, de las veces que lloramos juntos a miles de kilómetros, a salvo de las cenizas y yo ardía y caía con las ruinas, lastimado, cansado, lloraba porque me acordaba, porque dolía estar en mi piel, porque dolía no sentirlo cerca, porque dolía seguir luchando y me quemaba habitar mi cuerpo.
Ya no era un adolescente para sentarme en el piano y componer letras por horas para ignorar la innegable realidad, una parte se derrumbaba al tener su esencia tan hundida en un rincón de mi mente, al tener la mía de pequeño sonriendo en algún lugar y desapareciendo de la nada.
¿Por qué el sonido de mi infancia en los días de primaria me herían?
Si siempre admiré la magia de las teclas para transportarme a universos donde solo fuera yo, pero me volví distante y lo dejé atrás.
¿Me hubiera salvado?
¿De mi pasado y del que compartimos?
¿Si el tiempo corriera más lento, hubieras llegado?
¿Nos hubiéramos salvado?
Pero fue tarde, no había nadie, no había ruido, había recuerdos, una habitación vacía, blanca y descuidada, con el viento corriendo por las paredes, llevándose en silencio las voces y los sueños, la melodía que sonaba, quedando como siempre desde que se fue, sin nada y ardiendo en llamas.
Solo una memoria de mi infancia con un piano marrón abandonado en lo que solía ser mi hogar.