Esto es un POV en el que son hermanos ah
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Lanzar la moneda
Las luces de las farolas permiten una leve visión anaranjada a través de las cortinas cerradas. Sobre el confortante abrigo de su cama, los ojos de William están bien abiertos: está pensando.
¿Qué es lo que está dispuesto a perder: un hermano, un novio, un... amante?
Ni siquiera puede hallarle el sustantivo.
Primer novio o primera pareja, el título no importa. Todo resulta en si él será la persona que se va a llevar su infinidad de primeras veces. Ya se había llevado unas cuantas, de hecho.
Es tan absurdo, tan repentino; cómo Richard le ha besado, abrazado, invadido vilmente su espacio sin pedir su aprobación. Y sin embargo, lo ha conseguido: aquí está él, cuestionándose si está dispuesto a repetirlo infinidad de veces de forma consensuada, y todo por ese estúpido y cuestionable: «¿Quieres salir conmigo?»
Y es que esas palabras tienen una única traducción posible: tener sexo. Porque tampoco es como si fuese a ser más que eso, ¿verdad?
Siendo hermanos es imposible plantearse algo diferente, porque no van a ir por ahí cogidos de la mano, ni se lo van a contar a sus amigos o a su madre.
No sería nada más que tener sexo sucio a disposición prácticamente las 24 horas del día, no habría sentimientos. Todo sin complicaciones. Supone que para Richard tampoco hay otro entendimiento posible.
No duda de la larga cadena de chicas con las que Richard habrá estado. No hay más que observarle en la escuela. Pero, si tan extensa gama tiene para elegir, ¿por qué ha puesto la mirada en él? Por cercanía, probablemente —supone—. Pero aún así, ¿le compensa que él no sea una chica?
Y, lo más importante: si él está tan inseguro, si tantas dudas tiene; ¿por qué ha buscado en Google y se ha limpiado a fondo ese punto tan indecente antes de irse a dormir?
Se esconde bajo el edredón, enredando su cuerpo en la manta hasta chocar con la pared convertido en una masa de croqueta. Pretende cerrar los ojos y dormir, y se queda muy quieto esa postura esperando a que el sueño lo encuentre. No quiere pensar más, pero los recuerdos no dejan de golpearle cruelmente, la sensación de las manos de Richard recorriéndole el cuerpo no se va.
Ah. Esos delicados toques. Que resultan en realidad tan excesivos, siendo no más de uno necesario para ruborizar sus mejillas y hacerle replantearse todo el sentido de su ética y su moral.
Es excesivo para su cuerpo, excesivo para su cerebro. Va a volverle loco: con su media sonrisa lasciva adornando sus facciones, su cuerpo perfectamente tallado, con la concisa cantidad de belleza como para hacerle perder el juicio y olvidar el presente; la forma en la que le acaricia la piel, con sus manos tan cálidas que se acercan peligrosamente a puntos que no deberían ser abordados con tanto descaro.
Se cree con el derecho de pasearse por su cuerpo y hacer lo que le de la gana. Menudo idiota.
Deja caer la manta cuando se levanta de la cama; con sus emociones entremezclándose, creando un huracán de dudas que se esfuerza por silenciar cuando abre la puerta con cuidado y sale al pasillo. Sus pies avanzan como un autómata.
Que Richard tenga otras novias, que esto sea solo sexo; no es como si esas cosas no importasen. Simplemente su cabeza no sabe qué hacer con tanta presión, no sabe cómo reaccionar; así que su cuerpo se encarga esta vez de tomar una decisión: abre la puerta de Richard.
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