Secretos en el papel y pruebas de convivencia

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Desde siempre, a Jennifer le había gustado leer, pero después de conocer a Spencer ese hábito se había acrecentado gracias a las buenas recomendaciones que él siempre le daba. Durante sus licencias de maternidad cultivó aún más esa pasión, especialmente al empezar a vivir con Spencer, cuya extensa biblioteca le ofrecía títulos nuevos y diversos temas disponibles en todo momento.

Una tarde, tras terminar uno de los tantos volúmenes que atesoraban en casa, decidió ir por el siguiente; aunque probablemente lo empezaría días después, quería tenerlo listo. Mientras paseaba la vista por los estantes —que habían crecido a lo largo de los años con la ayuda de sus tres hijos y su esposo—, se detuvo en un ejemplar en particular: una obra de una escritora inglesa del siglo XIX.

Aquel libro había estado en la familia desde que Spencer tenía tres años, convirtiéndose con el tiempo en la joya más preciada de toda la colección. Lo extraño era que jamás lo había leído, a pesar de estar siempre a su disposición y de que incluso sus hijos ya lo conocían. Decidió que ese era el momento perfecto para descubrirlo.

Cuando lo tomó entre sus manos, una hoja doblada se desprendió de su interior. Al recogerla, Jennifer notó que parecía parte de un viejo informe y reconoció de inmediato la letra de Spencer; por la fecha y algunos datos, dedujo que pertenecía al caso de Ohio. Al desdoblarla, descubrió algo escrito al dorso, redactado con una tinta un poco más oscura, lo que indicaba que había sido añadido en una época diferente.

JJ...

Para dejar de arrepentirme por decirte que no, no estoy seguro si me alcance una vida. Si fue por mí que tú lloraste ese adiós, yo también cargo esa herida.

Por más de un año yo contuve la respiración, por doce meses pensé en lo que diría. Y hoy que te vi, igual que aquel día, ya no me sale la voz, ni el aire que antes tenía.

Sé que soy culpable del tiempo perdido, que mi promesa se fue con una canción, al irme de esa habitación.

Y hoy, vuelvo a encontrarte en la misma situación y haré de todo para no soltarte, porque yo nunca me cansé de amarte; y quedan cartas que no he puesto en juego, punto y aparte.

Tú sabes bien que yo no juro en vano, estoy jurando no soltar tus manos y si es por ti las mías pongo al fuego, a las cenizas no les tengas miedo, que si te quemas yo también me quemo.

Vuelvo a encontrarte, puedo explicarte cada signo de interrogación, si tú me miras tal y como lo hacías. Cuando pensé por fin la guerra acabó, fuiste una bala perdida.

Al leer aquello, Jennifer se quedó sin palabras. Si unía las piezas, el informe procedía de la época en que descubrieron su amor, y el reverso debió ser escrito poco después de quedar atrapados en un garaje tras una explosión cercana.

Tras tomarle una foto a esa pequeña gran declaración, Jennifer guardó el papel en su caja de seguridad. Cambió sus planes originales de ordenar la casa y prefirió llevarse el libro a leer junto al lago; la lectura, sin duda, se había vuelto un plan mucho más tentador.

Cuando Spencer regresó a casa, fue directo al estudio a dejar sus cosas para luego ayudar a su esposa. Al mirar de reojo la biblioteca, notó que faltaba el libro de su madre. Intentó recordar cuándo lo había visto por última vez y confirmó que seguía allí esa misma mañana. Si alguien lo había tomado, ella tenía que saberlo. La encontró leyendo plácidamente frente al agua.

—Hola, Jen —saludó Spencer con tranquilidad.

—Hola, Spence —respondió ella sin apartar la vista de las páginas—. ¿Cómo te fue?

—Bien. Aunque a veces es demasiado agotador ser yo —rió suavemente—, pero bueno, no puedo ser nadie más.

—Por supuesto que no —rió Jennifer.

Una vida juntos. (En edición)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora