Ayudar a otros, suele ser algo muy bueno y satisfactorio, ¡pero a veces es lo contrario!
Ruri, una joven suicida, que carga con una maldición que Dios le puso, lo sabe perfectamente; ¿por qué tuvo que haber ayudado a aquel niño en aquella noche oscu...
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~Ruri, aquípresente,sushermososcabelloscelestes vuelan como telarañas en las noches~
>>Créditos al autor de la imagen que es usada para esta historia.
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—Mierda... —Masculló al sentir los rayos del sol en su rostro.
Abrió los ojos de forma lenta comprobando su entorno, volvió a realizar la misma acción para asegurarse; si otra vez, estaba viva, ¡había fallado otra vez!
Ya estaba escuchando las voces de los espíritus burlarse de ella.
Malditos sean.
¿Esa anciana la había engañado acaso?, ¡¿esas hiervas venenosas no eran capaces hasta de matar a un ser inmortal?!
Suspiró resignada.
Con desgano se levantó de su cama, dobló su cobija que la había abrigado del horrendo frío que había en las montañas. Comenzó a asearse, necesitaba sentirse limpia; pues era un ritual especial para ella al despertar, a pesar del frío.
—¿Hoy cual será mi nuevo plan de suicidio? —Se preguntó mirándose al espejo.
Aunque siendo sincera para alguien como ella no era necesario bañarse, pero le había agarrado el gusto. Paró un momento para apreciar sus cabellos celestinos oscuros, eran tan largos que caían como cascadas sobre su espalda.
Adoraba su cabello, aunque estuviese maltratado, pero era suyo. Su padre había dicho que amaba su cabello de esa manera, que eran como la lluvia al amanecer.
Sonrió al recordarlo después de tantos años; así que, con cuidado lo colocó en una coleta alta, lo cual hizo destacar su fino rostro pálido.