Noventa y nueve

135 24 5
                                        


Benedict despertó aquella mañana con la agradable sensación de haber rejuvenecido varios años durante la noche. Le dolían ligeramente algunos músculos, había dormido mucho menos de lo recomendable y, aun así, no recordaba haberse sentido tan descansado en bastante tiempo.

Sus sentimientos se reafirmaron cuando bajó la mirada y encontró a la mujer que dormía entre sus brazos. Amelia tenía una pierna enredada entre las suyas y el cabello pelirrojo extendido sobre su pecho y la almohada. Como una preciosa Venus, desnuda y perfecta, respiraba tranquilamente contra su piel, provocándole pequeñas cosquillas cada vez que exhalaba.

Benedict sonrió.

Acarició con suavidad su cabello, apartando algunos mechones de su rostro, y Amelia arrugó ligeramente la nariz antes de abrir los ojos.

—Hola... —susurró sonriendo.

—Hola... —respondió él del mismo modo.

—¿Cómo dormiste? —dijo la mujer mientras se acomodaba para verlo mejor.

—Maravillosamente... aunque no dormí demasiado...

Ella soltó una pequeña risa.

—Concuerdo...

Lo abrazó aún más y Ben deslizó una mano por su espalda. Ninguno pareció tener demasiado interés en abandonar la cama. Afuera, la luz de la mañana entraba entre las cortinas y revelaba algunas prendas abandonadas en lugares bastante alejados de donde deberían encontrarse.

Amelia siguió con la mirada una de las camisas de Benedict, tirada cerca de la mesa, y sonrió para sí.

—¿Qué deberíamos hacer hoy? —inquirió Ben.

—Si fuera por mí, no me levantaría... —musitó ella sonriendo.

—Ah, querida... —murmuró acercándose a su rostro—. Lees mis pensamientos...

Amelia recibió un beso en la frente antes de comenzar a enumerar sus desgracias.

—Pero tenemos que alimentar a los gatos, cambiar su arena, definitivamente hay que cortar el pasto y encender los aspersores...

Benedict gruñó y se cubrió la cabeza con la sábana.

—No quiero seguir escuchando.

—También tenemos ropa que lavar.

El gruñido se hizo más fuerte.

—Y creo que...

Amelia guardó silencio durante un instante.

—¿Qué?

—Pero primero lo primero... —habló ella, metiéndose debajo de la sábana junto a él.

Ben soltó una risa mientras la tomaba por la cintura.

—No sabes cómo me encanta que tengas iniciativa... —articuló con su profundo timbre.

Un rato después, posterior a un nuevo round de amor y una ducha que tardó bastante más de lo necesario, finalmente consiguieron vestirse y bajar a la cocina.

Los gatos parecieron ser los únicos habitantes de la casa molestos por la demora.

Maullaron alrededor de sus piernas mientras Amelia llenaba sus platos y Benedict preparaba el desayuno. Minutos más tarde, ambos comían frente a frente en la mesa mientras los animales devoraban su alimento con un entusiasmo que parecía guardar cierto resentimiento.

—Con la tarde deberíamos trabajar en la nueva conferencia... —comentó Ben antes de beber un sorbo de té—. Es una hora y media... debemos saber qué decir, preparar algo de material también...

—Sí, tienes razón... —contestó ella—. Aunque tendrá que ser en la noche, hay que ir al supermercado por algunas cosas...

—Yo iré, no te preocupes... —musitó él mientras la miraba—. Solo dame una lista con lo que debo comprar...

—Claro, me parece genial... —dijo Amelia observándolo también—. La haré para ti luego de lavar los platos...

—Es sábado, hoy yo lavo los platos... —musitó Ben.

—Te equivocas, yo los lavo martes, jueves y sábado... —recitó la mujer—. Tú lo haces lunes, miércoles, viernes, y los domingos tiramos una moneda para ver quién lo hace...

—Claro que no... yo los lavo martes, jueves y sábado, y tú...

Amelia lo interrumpió con una risa.

—¿Qué es tan divertido? —inquirió él sonriendo.

Ella negó con la cabeza, pero no consiguió dejar de reír.

—¿No te das cuenta?

—¿De qué?

Amelia miró la mesa. Las dos tazas, los platos del desayuno, los gatos comiendo a pocos metros de ellos.

—Nos hemos convertido en un matrimonio de verdad tan gradualmente que ni siquiera lo hemos notado.

Benedict dejó su taza sobre la mesa. Durante algunos segundos se limitó a observarla con aquella expresión que Amelia ya había aprendido a reconocer. Después estiró el brazo por encima de la mesa y tomó su mano.

—Me encanta vivir contigo... —habló el inglés—. No sabes lo feliz que me haces...

Amelia apretó sus dedos.

Todavía llevaban en el anular aquellas ridículas argollas de llavero con las que se habían casado. Habían recibido un millón de dólares, vivían en una enorme casa heredada y probablemente podían permitirse comprar una joyería completa si les apetecía, pero ninguno de los dos había sugerido reemplazarlas.

Amelia observó sus manos unidas y después levantó la mirada.

—Te amo, Ben... —susurró mirándolo de lado.

Benedict quedó completamente inmóvil.

Amelia sintió inmediatamente el impulso de retirar lo dicho, no porque no fuese cierto, sino porque pronunciar aquellas dos palabras parecía incluso más aterrador que haber reconocido la noche anterior que estaba enamorada de él. Pero ya era demasiado tarde.

—Yo también te amo, Amelia —respondió Benedict.

Llevó su mano hasta los labios y la besó precisamente sobre aquella argolla improvisada. Amelia sintió cómo nuevamente las mariposas cumplían su metamorfosis dentro de su estómago y revoloteaban vigorosas por todos lados en su interior.

Sonrió. Ya había leído suficiente sobre aquellas malditas mariposas como para saber que probablemente jamás conseguiría librarse de ellas.

Benedict tampoco dejó de sonreír.

—Querida esposa... ¿te gustaría ser mi novia?

Amelia lo contempló durante un segundo y después soltó una carcajada. Habían hecho absolutamente todo en el orden equivocado. Primero habían sido amigos, después compañeros en una investigación, luego se habían casado, habían compartido una casa, se habían enamorado, habían hecho el amor y solo entonces aquel hombre había tenido la delicadeza de preguntarle si quería ser su novia.

—Sería un honor, querido esposo... —murmuró sonriente.

Benedict volvió a besar su mano.

Se habían profesado su amor mediante las palabras por primera vez y, aunque su modo de vivir cada día junto al otro ya había sido suficiente para entender que eran mucho más que amigos, aquella frase consolidó un sentimiento que llevaba demasiado tiempo creciendo entre ambos.

Y así, después de casi un año de matrimonio, Amelia Wiśniewski y Benedict Cumberbatch finalmente comenzaron a ser novios.


Don't forget to ★


 ✒Mazzarena

Panacea UniversalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora