Sábado 12 de abril
Cuando me desperté, me sentía rara. Sentía algo que no debía estar ahí. El aire; el ambiente de mi habitación, era distinto. Había algo más
Bajé las escaleras en silencio. Mamá y papá dormían, sus respiraciones se oían desde el pasillo. Cerré con suavidad la puerta de su habitación para no despertarlos.
Mis pisadas no se oían mientras bajaba la escalera. Con el tiempo había aprendido a hacerlo sin que se oyera el más mínimo ruido.
Descalza. Apoyando primero el talón, con suavidad, siendo consciente de cada centímetro que bajaba. Lentamente, llegué hasta la puerta. Parecía que nadie se había despertado, así que abrí con cuidado la puerta y salí.
Los árboles que me rodeaban parecían más intimidantes que nunca. Eran altos, muchísimo más altos que yo. Y estaban completamente verdes, un tono de verde que gritaba vida. Se oían pequeños animales alrededor de mí, andando entre las piedrecitas o saltando de árbol en árbol.
Pero nada de eso era nuevo. Todo encajaba perfectamente, todo había estado ahí desde el principio. Había algo que estaba rompiendo la armonía del lugar, y todavía no había descubierto qué era.
Faltaban un par de meses para que el verano empezara, y a esta hora del día todavía hacía frío. El suficiente para incomodarme llevando puesto el pijama que traía, así que decidí volver a entrar.
Cuando me acerqué a la puerta, me puse nerviosa. Era de esas que sólo se pueden abrir desde fuera si tienes la llave, y nosotros siempre dejáramos la llave puesta por fuera. No la utilizabamos mucho. Y podría haber jurado que la había dejado abierta al salir, pero ahora estaba completamente cerrada. Lo únicos que podía hacer era llamar a la puerta para que mis padres me abrieran, pero se enfadarían si los despertaba a esa hora sin un motivo de peso. Podría esperar a que despertaran y y ellos mismos abrieran las puertas, pero no se crecerían que había ido a dar un paseo descalza.
El bosque estaba tan cerca. Casi podía sentir que me llamaba. Tal vez lo mejor sería adentrarse en él un rato y relajarse.
Mientras me acercaba, no sentía las piedras ni las plantas del suelo en los pies desnudos. Era muy raro, pero no le hice caso.
Cuanto más me adentraba en el bosque, lo que sea que me atraía tan ciegamente hacia él se hacía más fuerte. Hasta que llegué a un claro.
Y lo vi. En el centro del claro, de pie. Orgullosamente erguido en toda su estatura. Observándome.
No parecía tener intención de hablar pronto, así que esperé. Y esperé. Pero él no hizo nada. Seguía mirándome como si fuera un animal cuya especie llevaba mucho tiempo estudiando y al fin podía ver de cerca.
Decidí acercarme a él, y cuando vio mis intenciones, él sonrió. Al hacerlo, sus rasgos, ya de por sí afilados, me parecieron volverse aún más afilados. Y fríos, como el tono azul de sus ojos. Y salvajes, sobre todo salvajes. Incluso, casi llegaron a parecer despiadados. Dejó que me acercara hasta casi un metro de él.
Entonces, echó a correr. Y como por instinto, yo lo seguí.
Lo seguí a través del bosque. Ahora que sentía como si el hechizo se hubiera roto, volvía a sentir mis sentidos normales, ya no tan entumecidos. Y sentí el dolor en los pies; las piedras del suelo atravesando mi piel, haciéndome sangre. Se me estaban ensuciando de tierra, lo que seguramente no sería bueno para las heridas, pero me daba igual. Tenía que alcanzarlo.
No sé durante cuánto tiempo lo perseguí, pero no fue mucho hasta que empezaron a arderme los pulmones. Pero cuando me paré para respirar, él también se paró. Parecía estar esperándome, así que hice caso omiso de el dolor y volví a ponerme en marcha. Y él también.
En ningún momento de nuestra persecución se alejó lo suficientemente para que lo perdiera de vista, pero tampoco me dejó acercarme lo suficiente para tocarlo. En un momento dado, giró hacia la izquierda detrás de un gran árbol. Cuando yo llegué, no quedaba rastro de él por ningún lado. Me acerqué lentamente, totalmente alerta.
Se había ido. No sabía cómo, pero había algo que me lo decía. El bosque volvía a ser como se suponía que debía ser, no hacía falta ser demasiado inteligente para darse cuanta de que lo que estaba rompiendo el equilibrio del lugar era él, fuera quien fuera. Cuando me di la vuelta para emprender el camino de vuelta a casa, algo brillando en el suelo captó mi atención. Me acerqué para ver qué era, obviamente. Era consciente de que posiblemente no fuera una buena idea, pero esa nunca a sido razón suficiente para alejarme de cualquier cosa que brille. Cuando lo vi más de cerca, me di cuenta de que era una especie de piedra, de un color cosa pálido que reflejaba los pocos y débiles rayos de sol que se colaban entre las ramas de los árboles.
Era solo eso, una piedra. Una piedra muy bonita. Y mágica, seguro. Una cosa tan bonita y que llamaba tanto la atención no podía ser ordinaria. Y era mía. Ya que no había nadie más en el bosque que pudiera llamarme la atención por cogerla, la guardé en el bolsillo de mis pantalones de pijama y, tras echar una última mirada alrededor, empecé a caminar de vuelta a mi casa.
De camino a casa me fijé en todos y cada uno de los detalles que me rodeaban. Conocía este bosque como la palma de mi mano, pero al ser un lugar lleno de seres vivos que se mueven y rompen y arrastras cosas de aquí para allá, siempre era diferente. Eso me gustaba. Conté unos cinco pajarillos, un conejo y un erizo de camino a casa. En primavera siempre había mucha actividad por allí.
Cuando llegué a mi casa, me encontré la puerta abierta en una pequeña rendija. Supuse que mis padres se habrían despertado y la habrían abierto por alguna razón, pero cuando entré oí ruidos en la parte superior de la casa y supe que se estaban despertando en ese momento. Cerré la puerta y fui corriendo al baño a quitarme la suciedad que se había aferrado a mis pies durante la carrera y me puse unos calcetines para ocultar las pequeñas heridas que me había hecho. Cuando mis padres bajaron, yo acababa de quitar con la fregona las huellas de tierra que había en el suelo desde la puerta al baño. Por suerte, tenían tanto sueño que se dirigieron directamente a la cafetera, justamente por el lado opuesto de la cocina y sin percatarse de la humedad que todavía permanecía en el suelo. Desayunamos los tres juntos y cuando ellos se acostaron en el sofá para ver una de esas películas cutres que echan los fines de semana en los canales para señoras, yo me escabullí a mi habitación y saqué mi nueva piedra del bolsillo del pijama.
No sabía quién era ese chico, al igual que no sabía quién había abierto la puerta para que yo pudiera entrar, pero tenía muy claro que en ambos casos la respuesta era la misma.
Nota de autora: sé que dije que actualizaría el miércoles, pero como sólo había subido el prólogo, se me ocurrió subir el primer capítulo antes de que pasara la semana porque realmente el prólogo era demasiado corto para ser considerado un capítulo.
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La diosa de la Nada
FantasyLo reconocerás por su manera de andar. Por su manera de mirarte, de descubrirte. Lo reconocerás por sus rasgos, tan afilados y elegantes; como una mezcla entre un felino salvaje y un miembro de la realeza. Sí, no hay duda de que una vez que lo veas...
