━━ 𝐮𝐧 𝐯𝐨𝐥𝐭𝐚𝐣𝐞 𝐚𝐥 𝐚𝐦𝐨𝐫 ⚡︎
ೃ‧₊› Dicen que el amor es energía, tal vez por eso cuando llegaste, todo lo que creía apagado volvió a activarse. La corriente que el tiempo había detenido comenzó a moverse otra vez; lenta, pero viva, devolv...
—¿Por qué nos vamos, mami? —A veces hay que alejarse de las cosas malas... para que lo bueno pueda llegar. —¿También de las personas malas? —Si... sobre todo de de ellas.
Shiori amaba los días frescos. El cielo se llenaba de pomposas nubes grises que bloqueaban todo rayo de sol, y eso le parecía maravilloso. No había calores sofocantes ni luces que le hicieran picar los ojos. Solo tonos suaves y apagados, acompañados por los murmullos distantes de unas cuantas personas.
En días así, sentía que el mundo respiraba con calma. Todo estaba en silencio, incluso su propia mente. Sentada sobre el engawa que da al jardín, jugaba a la fiesta del té con sus muñecas y peluches. Cada utensilio del juego de té —de suave porcelana y con detalles de conejitos— estaba perfectamente acomodado sobre una manta de cuadros. El orden y las cosas bonitas le gustaban mucho.
—¿Quiere más té, señor Abrazos? —preguntó al osito a su derecha, levantando la tetera con ambas manos.
—Sí, me gustaría mucho, señorita —respondió ella misma, imitando una voz más grave.
Se le escapó una risa. Inclinó la tetera con mucho cuidado, a pesar de que no cayese nada dentro de la taza, y la devolvió a su sitio. Siguió con la conversación, ahora con su muñeca de rizos rubios y vestido de encaje, comentando el clima. Amaba la compañía de sus juguetes y le gustaba pensar que su compañía también era importante para ellos.
El suave crujido de la madera desde el interior de la casa la hizo detenerse.
—Shiori.
Al levantar la mirada, se topó con unos brillantes ojos violetas. Su madre estaba de pie junto a la puerta corrediza, con una mano apoyada sobre el marco.
—¡Mami! —sonrió, mostrando todos sus dientecitos.
—¿Qué haces aquí afuera, cariño?
—Estamos tomando el té —dijo, enseñando la taza en su mano.
—Ya lo veo.
Todo estaba en perfecto orden, incluso ella estaba bien arreglada para la ocasión. A pasos lentos, vio cómo se acercaba hasta quedar junto a ella.
—¿Puedo unirme?
Shiori asintió con emoción, moviendo uno de los almohadones sobrantes para darle un lugar. Ella se sentó, acomodando su falda y enseguida la atendió.
—Estaba hablando con María Antonieta —señaló a la muñeca—. Inclínate o te castigará —le susurró al oído.
—Mi reina, que honor recibirla en nuestra casa —rápidamente se inclinó obedeciendo, aunque exagerando un poco.
Le sacó una risita a la pequeña pelinegra.
—Así está mejor —susurró, satisfecha.
Acomodó mejor sus piernas sobre la manta.
—Hoy le podemos ofrecer té de rosas y canela. ¿Gusta un poco? —ofreció con la tetera en las manos.
—Me encantaría —ella sonrió de manera suave.
Le gustaba mucho cuando su mamá sonreía así. Se veía realmente hermosa.
Sirvió de la bebida imaginaria y volvió a colocar con delicadeza la tetera en su lugar. Pero, al momento de querer soltarla, notó cómo sus dedos se quedaron pegados a esta. Una sustancia viscosa y negra brotaba de sus pequeñas yemas.
—Oh... —frunció el ceño. Intentó separarse sin ser brusca para no romperlo, fallando en el proceso—. Pasó de nuevo.
Sus dedos no se despegaban.
Observó cómo su madre se inclinaba hacia ella y comenzaba, con movimientos lentos y delicados, a separar sus manitos de la porcelana. Después, tomando una servilleta, limpió los restos que habían quedado sobre sus dedos y sobre el juguete. No era la primera vez que pasaba. La brea oscura había aparecido antes, siempre en pequeñas cantidades.
—No te preocupes, mi cuervito —atrajo su rostro para que pueda mirarla directamente a los ojos—. Pronto aprenderás a controlarlo... solo ten paciencia.
Sintió sus frías manos apretando sus mejillas.
—Puedes continuar la fiesta adentro, está haciendo frío.
Estaba en lo cierto. A pesar de las largas mangas de su vestido y de sus abrigadas medias, sentía cómo el frío se colaba poco a poco. Se levantó, sacudiendo sus rodillas, y luego comenzó a guardar todo. De todas maneras, el juego ya había perdido su magia.
—¿Podemos hacer galletas? —preguntó, volteando hacia su madre.
—Claro —ella respondió sin voltear a verla—. Pasame el libro de recetas de la estantería, por favor.
La pelinegra más pequeña no tardó en dirigirse a pasos apresurados hacia el mueble. Deslizó una de las puertas que resguardaba todo tipo de libros, buscando hasta encontrar lo que quería. Su atención se detuvo en el borde de tela de flores. Lo tomó deslizándolo entre los demás.
Al cerrar de nuevo la puerta, la madera vibró. Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible. Arriba escuchó un suave vaivén. Al alzar la vista, el jarrón que decoraba aquella estantería cayó. No se había dado cuenta de la gravedad de la situación hasta que su madre gritó.
—¡Shiori!
No le dio tiempo: el objeto estaba por caerle en la cabeza. Con el corazón dándole un salto en el pecho, se cubrió con los brazos y apretó los ojos con fuerza, esperando el impacto.
Uno que nunca sintió llegar.
Algo brotó de ella sin aviso. No supo cómo, solo lo sintió. Se disparó como un impulso instintivo, cortando el aire y atravesando de forma violenta el objeto, sin permitir que la tocara.
Cuando abrió los ojos, lo vio. Cómo de sus brazos brotaba ese fluido viscoso, elevándose en una punta firme que se había interpuesto entre ella y el jarrón. No reaccionó. Solo observó con los ojos muy abiertos aquella figura que emergía de su cuerpo.
El suelo había quedado lleno de pedazos rotos del adorno. Volteó hacia su madre, quien no emitió palabra. Lo notó en la forma de mirarla, estaba sorprendida y asustada. Shiori sintió una pequeña opresión en el pecho, esto nunca había pasado.
—Mami... —su voz salió más bajita de lo normal—. Perdón, yo no quise.
Miró sus brazos otra vez. Esa cosa seguía ahí, moviéndose lentamente, y no le gustaba. Quería que se fuera. Sacudió los brazos, sin tener éxito. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, nublando su visión. No entendía por qué había sucedido de repente.
El abrazo de su madre la tomó desprevenida. Era suave y cálido. Su pequeño cuerpo quedó envuelto en el de su madre. Poco a poco, sus brazos cosquillearon, hasta que el fluido desapareció.
—Shh mi bebé —acarició sus oscuros cabellos—. Mamá está aquí. Ya no tengas miedo.
Shiori se aferró un poco más a su madre, escondiendo el rostro en su pecho.
La pequeña sintió que algo había cambiado en ella.
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