Tristeza

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Esa tarde dábamos una caminata como siempre. Mi esposa estaba triste y yo no hacía nada por sacarla de su tristeza. ¿Por qué no hacía nada? No había duda de que era bella, buena, y comprensiva, pero todo eso nunca me pareció suficiente. Llegué a odiar sus pretensiones de comprenderme. ¿Qué necesidad tenía de entrar en lo más íntimo de mi pensamiento? En una ocasión, cuando me preguntó por qué nunca le contaba lo que pensaba mientras divagaba en silencio, le respondí sonriendo que aquello se debía a que lo más profundo de mi mente era como un santuario sagrado e inviolable que solo admitía la visita de sacerdotes y no la de meros creyentes. Ella sabía que las respuestas que le daba no eran simples chistes malos sino verdades maquilladas de humor pero aun así insistía en querer acercarse a mi auténtica intimidad. Mientras cruzábamos la última calle que nos separaba del pequeño parque que solíamos visitar todos los fines de semana, ella intentó buscar mi mano con la suya pero yo reaccioné a tiempo y me crucé de brazos pretextando frío. Como estaba habituada a ese tipo de desplantes de mi parte, me pareció que no era necesario buscarla con la mirada para conocer su reacción, pero al cabo de unos segundos una inexplicable curiosidad me invadió y no pude evitar dirigir mis ojos hacia los suyos. La vi muy triste, abatida, y por primera vez en mucho tiempo sentí que el remordimiento amenazaba con invadir mi acostumbrada parsimonia. ¿Cómo decirle que no había manera de arrancar de mí otro sentimiento que la simple querencia? ¿Cómo decirle que no había manera de que pudiera compararse a Alejandra? Nunca quise hablar de Alejandra con mi esposa, no porque tuviese miedo o vergüenza, sino porque no la creía merecedora de tal privilegio. Al fin y al cabo, ella podía ser la mujer más buena y comprensiva del mundo pero aun así mis recuerdos de Alejandra no merecían ningún tipo de profanación.

   Ya sentados en una de las bancas del parque, la volví a mirar pero ella no pareció reaccionar. Sus ojos se dirigían al lánguido ocaso que en ese momento tenía lugar. En otra ocasión, yo habría jugado a forzarla a mirarme moviendo su cara con mis manos pero esta vez estaba  cohibido por su honda tristeza. No voy a negar que hubo momentos en los que mis desplantes me llevaron a experimentar una especie de extraña complacencia pero no era el caso en aquel atardecer. Por primera vez me sentí un verdadero culpable pues hasta ese momento siempre le había dicho que la única responsable de su tristeza era ella misma por pretender entender lo inentendible y por esperar de mí cosas que ya no podía dar. Quise rozar su suave cabello con las yemas de mis dedos pero no pude. Quise abrazarla pero no me atreví. La penumbra ahora invadía el parque y yo sentía que aquello no solo afectaba mi ánimo sino también mi voluntad.

   Me costó mucho esfuerzo ponerme de pie. Ella comprendió que la invitaba a retornar a casa y también se puso de pie. Caminamos con lentitud, dando un rodeo al parque antes de emprender el camino de vuelta. A medida que nos acercábamos a nuestro destino imaginé rodear su espalda con mi brazo y así recorrer el resto del camino, abrazados. A ella le hubiera gustado el detalle y yo sentía que a mí también, pero luego supuse que ella tomaría ese acto como una especie de compensación obligada y no como algo que partiera de mi propia iniciativa. Me contuve. Me prometí que al día siguiente yo mismo la invitaría a dar el mismo paseo y que durante todo el recorrido la abrazaría y la tomaría de la mano. ¿Qué más daban mis impedimentos? De todas formas yo sentía cariño por ella y debía demostrárselo.

   Al llegar a casa la noche ya dominaba por completo la totalidad de las calles. Me sentí aliviado al pensar que así como espantamos la oscuridad de la noche con el uso de la luz artificial, también podemos alejar nuestra particular oscuridad con la propia voluntad. Después de la cena, tomé un poco de valor y le dije a mi esposa que mañana sería un mejor día. Ella me sonrió débilmente pero aquello bastó para animar mi alicaído espíritu. Estaba seguro que esa noche descansaría como no lo había hecho en muchos meses, y en efecto así fue.

   Cuando desperté ella no estaba a mi lado. Somnoliento, tardé unos instantes en comprender que nunca había dormido con nadie en aquella aislada y estrecha habitación, y menos aún con esposa alguna. Conforme pasaban los minutos y me hacía más sensible al frío matutino, me fui convenciendo de que seguía solo y no tenía ningún apoyo que me ayudara a enfrentar el fantasma de Alejandra.

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