-ccapu

Tinta | Mentes Criminales.
          	+18. BOCETO.
          	Spencer Reid x o'c male. 
          	
          	
          	Un nuevo homicidio consecutivo sucedía en Filadelfia, Pensilvania, donde la UAC llegaba con sus respectivos agentes para resolver lo más antes posible este caso que tenía con temor a la ciudad.
          	En diferentes moteles aparecían cadáveres con el músculo de la espalda levantada y separada a la mitad por dos hilos de pesca, y estas personas parecían rezar, imitaban, ángeles de hecho.
          	Algunos decían que era otro tipo de nivel de locura, y otros creían que era un fanático de la religión. Nadie sabía quien podría ser, pero lo que si sabían, era como nombrarlo: El Dios de los Moteles. 
          	
          	— Que nombre tan ridículo —exclamó esa tarde el agente Rossi.—, le tendría más miedo si se llamara el asesino del Zodiaco 2.0.
          	David Rossi junto Morgan llegaban a la escena del crimen donde los cuerpos ya se habían retirado por lo perturbador que podría ser si se llegara a difundir en algún medio.
          	— Buena esa —contestó el de piel oscura observando el suelo del motel.—, espero los demás tengan más éxito que nosotros.
          	Y como no, no había ningún rastro más que la sangre del suelo que probablemente era de las víctimas. 
          	Los demás, como los agentes J.J y Prentiss se encargaban de ir a la estación de policía y los agentes Hotchner y Reid se dirigían a la morgue a ver que podría decir el forense. 

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Tinta | Mentes Criminales.
          +18. BOCETO.
          Spencer Reid x o'c male. 
          
          
          Un nuevo homicidio consecutivo sucedía en Filadelfia, Pensilvania, donde la UAC llegaba con sus respectivos agentes para resolver lo más antes posible este caso que tenía con temor a la ciudad.
          En diferentes moteles aparecían cadáveres con el músculo de la espalda levantada y separada a la mitad por dos hilos de pesca, y estas personas parecían rezar, imitaban, ángeles de hecho.
          Algunos decían que era otro tipo de nivel de locura, y otros creían que era un fanático de la religión. Nadie sabía quien podría ser, pero lo que si sabían, era como nombrarlo: El Dios de los Moteles. 
          
          — Que nombre tan ridículo —exclamó esa tarde el agente Rossi.—, le tendría más miedo si se llamara el asesino del Zodiaco 2.0.
          David Rossi junto Morgan llegaban a la escena del crimen donde los cuerpos ya se habían retirado por lo perturbador que podría ser si se llegara a difundir en algún medio.
          — Buena esa —contestó el de piel oscura observando el suelo del motel.—, espero los demás tengan más éxito que nosotros.
          Y como no, no había ningún rastro más que la sangre del suelo que probablemente era de las víctimas. 
          Los demás, como los agentes J.J y Prentiss se encargaban de ir a la estación de policía y los agentes Hotchner y Reid se dirigían a la morgue a ver que podría decir el forense. 

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Cómo los perros hacen al morir | HP
          Spit - Show Me the Body, Princess Nokia 
          ALERTA: SA. 
          
          1979-1980
          Felix era un buen mortífago. O eso al menos le decía eso el Señor Oscuro y Lucius Malfoy. Hacía al pie de la letra lo que le pedían. Al ser de una buena familia, tenía más oportunidad de opinar, de dar órdenes, pero prefería siempre estar en silencio. 
          Su mente ya estaba más que destrozada al ver cómo ciertos mortífagos lanzaban maleficios a familias inocentes. A él también se lo habían pedido. 
          Torturó una familia y eso había sido la gota que hacía casi derramar el vaso para largarse de ahí. 
          Pero, no quería dejar solo a Severus, ni a Narcisa aunque tuviera a Lucius. 
          
          Esa noche, había terminado una reunión de ataque. El aire olía a humo, a cuero viejo y a cenizas. Algunos se iban en grupo, y otros solos. Yaxley había decidido quedarse para esperar a Snape y mientras, recogía sus cosas de una mesa larga.
          Entonces, sintió una presencia tras él.
          — Te ves tan distinto cuando no hablas —murmuró la voz raposa de Travers, un amigo de Carrow. Uno de los más cínicos y crueles. Había visto cómo mataba a una niña. Felix se giró lentamente, cansado pero sin mostrar emociones. 
          — Me retiro, si me disculpas —iba a dar un paso, pero el otro lo detuvo, agarrándolo del antebrazo con fuerza que claramente el menor no poseía. 
          — Siempre he querido saber cómo suena tu voz cuando no finges esa estúpida calma. —su tono era venenoso. 
          El rubio no respondió. Solo intentó soltarse. Entonces, el mayor se acercó, demasiado. Fue tan rápido que ni su varita le habría servido. Los labios de ese hombre estaban sobre los suyos. 
          El menor se quedó helado, no respondió, no gritó. Hasta que sintió cómo este hombre le mordió el labio de forma brusca. Quiso apartarse pronto, pero su cabello fue sujetado con demasiada fuerza, tanta que soltó un gemido de dolor. 
          Cosa que aprovechó Travers para meterle la lengua.

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No volvieron después de eso. 
            Salieron de ese lugar a medianoche y tomados de la mano, regresaron sin prisa a Grimmauld Place, donde los esperaba el silencio. 
            Tan pronto pasaron el umbral de la puerta y esta se cerró, de nuevo volvieron a besarse con demasiada intensidad, sus alientos se entremezclaban que olían a alcohol. No había más que ellos, que esa sensación de haber podido superar algo.
            No hubo besos de lengua, no había necesidad. Los dos subieron a la habitación de Sirius y se encerraron ahí. Sacos, corbatas y zapatos tocaron el suelo. 
            Black llenaba de besitos el rostro del rubio quien mantenía sus brazos sobre el cuello de este. Ya estaban acostados los dos, uno sobre el otro. 
            — El cuello no, —comentó el alquimista entre risas leves.— me da cosquillas.
            — No me culpes —contestó el mayor.—, tienes una risa encantadora.
            Sus frentes se unieron mientras los dos sonreían completamente. El cabello chino de Black caía a los lados del rostro de Yaxley quien tenía su cabello hacia atrás, un poco esponjado y su delineador un poco corrido. 
            Una escena de verdad íntima. 
            Algo que, se merecían tener. Yaxley entrecerró sus ojos, brillaban con intensidad viendo a los de Sirius. Subió su mano del cuello hacia la mejilla de este y la acarició con suavidad.
            — Lo que sucedió entre nosotros no debió acabar así... Pero siempre he pensado —murmuró.—, que las cosas pasan por algo... 
            — Puede ser.
            — Otro misterio de la vida.
            — Creo que lo resolverás.
            — Mm, puede... Ahora, solo quiero que me beses, y que me acaricies hasta que pueda olvidar todo lo demás... 
            Yaxley lo atrajo hacia el para besarlo suavemente. Un beso lleno de afecto que no podía explicar en palabras; y Black, correspondió mientras sus manos se dirigieron hacia la cintura del menor. 
            
            Esa noche quedó grabada en sus corazones. Algo que no cabía en la palabra "amor". 
            A la mañana siguiente que Harry quería saber como les había ido, solamente pudieron decir que bien, aunque a Yaxley lo delató un sonrojo.
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Felix  Yaxley, contra todo lo que había pronunciado minutos antes, no lo detuvo. Sus manos terminaron aferradas al saco del animago, respondiendo con igual intensidad, con una mezcla de furia y necesidad. Era dolor y alivio al mismo tiempo, un choque de dos almas marcadas que, aun con cicatrices, encontraban refugio en el otro.
            
            Cuando Sirius bajó una de sus manos con descaro hacia la cadera del rubio, Yaxley se tensó, rompiendo apenas el beso, jadeante. El mayor recordó lo anterior, y estuvo a punto de apartarse cuando escuchó, apenas un murmullo:
            — No... sigue.
            
            El azabache se quedó helado, sorprendido de que el rubio se lo pidiera. Sus ojos grises buscaron los del alquimista, intentando leer si de verdad lo decía en serio. Este asintió una sola vez, apenas perceptible, con un leve temblor en su mandíbula.
            Black tragó saliva, y su agarre cambió: de firme y ansioso, a suave y cuidadoso. Deslizó lentamente los dedos sobre la curva de su cadera, probando hasta dónde podía llegar, hasta dónde Yaxley se lo permitía. Lo hacía despacio, como si acariciara algo sagrado que temía romper.
            Y el menor, solo cerró los ojos por un instante, conteniendo el aire, pensando en Black y en esa sensación. La tensión no desaparecía, pero el contacto era diferente: no era una invasión, era algo que deseaba, que se sentía bien.
            — Así... ¿está bien? —preguntó el azabache en voz baja, con un tono inusualmente suave, casi reverente.
            — Sí... —susurró Felix, y aunque aún había un filo de miedo en su voz, también había alivio.
            El animago sonrió apenas, sin el descaro de siempre, más bien con alivio. Sus manos después fueron a su espalda por arriba de la ropa del menor, dando suaves caricias y de nuevo, a si cintura. Parecía que en ese gesto quería que se acostumbrara el rubio, que sintiera confianza que no haría más que lo que pudiera Yaxley marcar como un límite.
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El agarre de Black en su muñeca era fuerte, casi desesperado, y cuando el rubio se iba a liberar, el animago lo jaló con un impulso que lo hizo chocar contra el. No fue suave, no fue delicado, fue un gesto brusco lleno de urgencia, como si quisiera borrar cada palabra que el menor acababa de pronunciar.
            — No vuelvas a decir eso —gruñó entre dientes, y su voz sonó rota, casi temblando. Sus ojos grises, ardientes, lo buscaron debajo de la máscara dorada que Yaxley aún llevaba. — No vuelvas a decir que debo dejarte ir.
            
            Este quiso replicar, pero Black no le dio espacio. Lo empujó suavemente contra la pared del pasillo, quedando muy cerca de él, tan cerca que el calor de su respiración le rozaba el rostro. 
            — ¿Sabes qué pienso yo? —continuó el azabache, con esa manera tan suya de escupir palabras entrecortadas cuando la emoción lo sobrepasaba—. Que tienes un maldito don para hacerme sentir vivo después de tanta mierda. ¿Qué más fuerza quieres que esa?
            
            Yaxley lo miraba, sin saber si debía retroceder o dejarse caer en esas palabras. El corazón le golpeaba en el pecho como nunca, y su máscara parecía cada vez más pesada.
            
            Sirius levantó una mano, temblorosa, hasta quitarle la máscara blanca con bordes dorados. La sostuvo apenas un segundo y la dejó caer al suelo, sin importarle.
            — Quiero verte, no a esta maldita máscara —dijo con firmeza. El alquimista por fin se encontraba libre, desnudo frente a esos ojos que no lo juzgaban, sino que lo hacían sentir tanto. Intentó apartar la mirada, pero Sirius lo tomó del rostro con ambas manos, obligándolo a mirarlo.
            
            — No sé cómo demonios sanar lo que viviste... —murmuró, su voz quebrándose apenas— pero no pienso dejarte cargarlo solo.
            
            Y sin esperar respuesta, lo besó. No fue un beso calmado, fue hambriento, ardiente, con los labios de Black devorando los suyos, como si quisiera arrancarle el miedo a golpes de pasión.
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Cómo los perros hacen al morir | HP
          Table for Two - Abel Korzeniowski 
          Quinto año. 
          
          El ministerio llamaba mentiroso a Harry Potter. Decía que el Señor Oscuro no había vuelto, que había sido un lamentable accidente lo que le sucedió a Cedric Diggory. 
          Y eso, lo mantenía muy a raya la nueva profesora de Defensa contra las Artes Oscuras, Dolores Umbridge. Una enviada del ministerio. Bien, ¿qué más podría salir mal ese año? 
          
          Para Felix, lo que podría salir mal, era una carta enviada por Lucius Malfoy para saber cómo estaba, cómo deseaba verlo. Una invitación para las fiestas de Diciembre. Y otra carta, de su hermana Lynette que en palabras cortas, decía que podía ocupar la casa; por supuesto, esa pe-, esa mujer, solamente no estaba cuando el tampoco podía estarlo. 
          
          Cierta noche de la primera semana, había sido llamado por Dumbledore, quien lo esperaba en su oficina. El murmullo leve del fuego de la chimenea no bastó para apaciguar la tensión que sintió Yaxley al entrar y ver a Snape ahí sin dirigirle la mirada. 
          Albus salió un momento y fue que pudo decir algo.
          — Habla —dijo finalmente dándole la espalda al mayor de altura. En sus manos yacía una carpeta.—. No puedo concentrarme con este silencio colgando como un maleficio. 
          — ¿De verdad tengo que decir algo? —La voz de Snape fue baja, aunque, contenía una acidez que intentaba no salirse del todo.— ¿Después de todos estos años? 
          El rubio se giró en silencio. Sus ojos grises, tranquilos, se encontraron con los oscuros de su amigo. 
          — No sé que creas que hago, pero no creo que sea merecedor de tanto odio. 
          Snape avanzó un paso. 
          — No estás haciendo, Yaxley. Lo estás considerando. Lo cual, es peor, porque tú piensas demasiado. 
          — ¿Y ahora pensar, es un crimen?
          — Cuando el objetivo de tus pensamientos ese ese perro de Grimmauld Place, si —escupió el azabache, ahora si, con veneno.

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— No, pero... Se que querías seguir con los besos —comentó en un murmullo el profesor.—, agradezco que hayas respetado el parar... Así que cómo compensación pensé en tomarte de la mano, ¿te gustaría? 
            Black sonrió completamente y tomó la mano de Yaxley. Sus manos eran casi iguales, solamente que las del profesor eran más delgadas y un poco más pequeñas, y las de él, eran rasposas y duras gracias a los años en Azkaban. 
            Ninguno dijo más esa noche. 
            
            Black se durmió rápidamente, pero Yaxley no. Estaba pensando. Pensaba y pensaba. 
            No negaba que el beso, el tacto en su rostro, se había sentido bien, se sintió querido, pequeño, ¿deseado? Cosa que hacía años no sucedía. 
            Sin embargo, también sintió algo que no sentía también hacía años.
            
            Miedo. 
            
            Un miedo que, crecía desde la boca del estómago y se dirigía a todos lados de su cuerpo. Recordaba, recordaba cuando fue la primera y última vez que sintió eso. 
            Tenía 20 años.  
            Estaba decidiendo seriamente si dejar a los Mortífagos. Pero seguía ahí solamente por Severus.
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-ccapu

El corazón de Black se detuvo un momento. Se retiró de inmediato, y sus ojos buscaron a los del menor de altura. No con reproche, sino con preocupación.
            — ¿Te... Hice daño? —preguntó él. Felix negó lentamente sin mirarlo aún. Tragó saliva con dificultad, pensando durante un momento, sobre decirle la verdad de porque quería detenerse. Aunque, después se arrepintió. 
            — No es eso, es que... no estoy listo, aún. 
            
            La luz tenue que entraba por una rendija del dosel iluminaba apenas los contornos de su rostro, y Black pudo ver que hablaba en serio. Lo entendía. Habían pasado años desde que ellos habían tenido algún tipo de contacto; y además, desconocía si Felix si había estado con alguien de forma sexual o romántica. 
            — Esta bien —respondió el mayor de altura. Su voz sonaba calmada, incluso cálida.—. No haré nada que no quieras, no tienes porque darme explicaciones.
            El rubio parpadeó y volteó a verlo por fin, con esos ojos grises que parecían pedir perdón por sentir tanto y decir tan poco. 
            — Solo... —empezó a hablar, con un tono contenido.— No te vayas, quédate, aquí por favor. 
            
            Sirius sonrió un poco, y asintió. Solamente saliendo del cuarto para irse a cambiar. Al regresar, Felix ya lo estaba, con esa pijama de seda plateada que lo hacía ver más delgado de lo que era.  Los dos se metieron a la cama después de haber cerrado la puerta. 
            Miraban hacia el techo del dosel, sin decir nada. No tenían porque realmente hablar sobre algo. Con algo se empezaba. Poco a poco habría más oportunidades de estar juntos. Ya no había necesidad de esconderse. 
            A Felix le gustaba dormir con los brazos fuera de las sábanas, y a Sirius no, le gustaba dormir enrollado, pero esa noche, era un poco diferente. 
            Black también tenía los brazos por arriba de las sábanas. Sus manos casi se tocaban ya que estaban juntos. Eso lo notó el rubio, quien, movió su meñique levemente tocando la mano del azabache.
            — ¿Pasa algo? —preguntó el animago volteando de reojo con el contrario.
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Tuvo que girarse para comprobar que lo que sucedía era cierto. Felix lo miraba directamente, se había sentado sobre la cama y sus piernas. 
            Pero este hombre rubio con mechones negros, se notaba algo colorado, podía notarlo, más que nada en sus orejas. Su voz fue baja, temblorosa pero decidida. 
            — Haz lo que tengas que hacer.
            Black parpadeó. Fue él ahora quien se sonrojó. Se metió de nuevo, dejando que el dosel se cerrara. 
            Los dos se miraron de frente, como esperando algo. 
            Felix no dijo nada tampoco, solo se quitó los lentes con manos torpes y los dejó con cuidado sobre la almohada. No sabía si lo que hacía estaba correcto, se sentía cómo si fuera la primera vez en besar a alguien; cómo si fuera ese adolescente de 16 años. 
            Fue Black quien se inclinó de nuevo. 
            
            Primero, un beso ligero, casto, en la mejilla izquierda. Después, un segundo más cerca de la comisura. Sus respiraciones se mezclaban, hasta que por fin, besó los labios delgados del profesor. Un beso suave, contenido. Como si tuviera miedo de romper algo frágil.  
            Los dedos del mayor de edad se aferraron a la tela de la camisa de Sirius, temblorosos. Necesitaba sostenerse de algo. 
            El beso seguía, era lento, de los dos, lleno de nervios y de una tensión contenida por años. Las manos del azabache sostenían el rostro del contrario con cierta torpeza que solo un adolescente podría tener, y sin embargo, estaban tan lejos de serlo. 
            Se separaron solamente un poco, a escasos centímetros de besarse otra vez. Yaxley entrecerró los ojos, sus párpados temblaban y su respiración se había agitado de forma apenas perceptible. Black quiso volver a besarlo, quería acercarse más, bajando lentamente una de sus manos por el cuello del rubio y deslizándola con delicadeza hasta rozar su cintura. Pero justo cuando lo hizo, el rubio lo detuvo.
            — No —dijo, con un tono suave pero firme, tan tembloroso que parecía un susurro. Sus manos se habían apoyado contra el pecho del animago, apenas haciendo algo de presión.
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