Felix Yaxley, contra todo lo que había pronunciado minutos antes, no lo detuvo. Sus manos terminaron aferradas al saco del animago, respondiendo con igual intensidad, con una mezcla de furia y necesidad. Era dolor y alivio al mismo tiempo, un choque de dos almas marcadas que, aun con cicatrices, encontraban refugio en el otro.
Cuando Sirius bajó una de sus manos con descaro hacia la cadera del rubio, Yaxley se tensó, rompiendo apenas el beso, jadeante. El mayor recordó lo anterior, y estuvo a punto de apartarse cuando escuchó, apenas un murmullo:
— No... sigue.
El azabache se quedó helado, sorprendido de que el rubio se lo pidiera. Sus ojos grises buscaron los del alquimista, intentando leer si de verdad lo decía en serio. Este asintió una sola vez, apenas perceptible, con un leve temblor en su mandíbula.
Black tragó saliva, y su agarre cambió: de firme y ansioso, a suave y cuidadoso. Deslizó lentamente los dedos sobre la curva de su cadera, probando hasta dónde podía llegar, hasta dónde Yaxley se lo permitía. Lo hacía despacio, como si acariciara algo sagrado que temía romper.
Y el menor, solo cerró los ojos por un instante, conteniendo el aire, pensando en Black y en esa sensación. La tensión no desaparecía, pero el contacto era diferente: no era una invasión, era algo que deseaba, que se sentía bien.
— Así... ¿está bien? —preguntó el azabache en voz baja, con un tono inusualmente suave, casi reverente.
— Sí... —susurró Felix, y aunque aún había un filo de miedo en su voz, también había alivio.
El animago sonrió apenas, sin el descaro de siempre, más bien con alivio. Sus manos después fueron a su espalda por arriba de la ropa del menor, dando suaves caricias y de nuevo, a si cintura. Parecía que en ese gesto quería que se acostumbrara el rubio, que sintiera confianza que no haría más que lo que pudiera Yaxley marcar como un límite.