Mi fragilidad no es debilidad,
es la prueba de que siento,
de que mi piel es ventana
y mi alma, océano.
Quien me ame deberá saber
que en mi vulnerabilidad
se esconde mi fuerza más pura.
Deseo un amor que no huya de mis tormentas,
que me contemple completa:
mi luz y mi sombra,
mi risa y mi llanto,
mis certezas y mis temores.
Un amor que sepa que no vine a ser corregida,
sino abrazada.
No quiero brazos que aprisionen,
quiero alas que me acompañen.
No quiero un amor que intente cambiarme,
quiero un amor que celebre mis matices,
que encuentre belleza en mi contradicción,
y eternidad en mis detalles más simples.
Quiero un amor que me elija
cada día, cada hora,
como quien vuelve siempre al mar
aunque conozca ya su sal,
porque en cada ola
se encuentra una nueva eternidad.
Ese será mi amor eterno:
no eterno por durar sin fin,
sino por ser profundo,
porque tocará cada capa de mí
con respeto y ternura,
y sabrá que en mi fragilidad
habita algo indestructible.
Ese amor, cuando llegue,
no tendrá miedo de pronunciar mi nombre
como si fuera una plegaria.
Ese amor, cuando me abrace,
me hará sentir por fin en casa.
— L.