Cierta mañana desperté con anhelos de acabar con todo.
Ya no más muebles, ya no más voces, ya no más familia, amigos ni mascotas.
Que todo se pudriera, así de simple.
Y con mi mirada perdida en el color crema del techo de mi habitación, estaba decidida hacerlo.
Pero de pronto una suave voz me devolvió a la realidad, y cuando mis ojos se posaron en la dulce mirada de mi madre, sentí como si hubiera vuelto a respirar.
El fuerte y rudo abrazo de mi hermano me alentó a sonreír.
Y las graciosas ocurrencias de mi padre me causaron que le siguiera el juego.
Por lo cual, en aquella mañana, me decidí por no hacer nada, ya que si los perdía, en vez de sentirme liberada, estaría condenada a morir por dentro cada día.
Comprendí que nada se compara a todo mi mundo. Porque ya tenía todo teniendo nada a la vez.