—Familia —dijo Zeus, de pie frente a todos—
Nos vamos al Lejano Oriente.
Todos los presentes eran hombres.
Aventureros, veteranos, jóvenes, musculosos, cansados… todos.
Durante un segundo nadie reaccionó.
—…¿El Oriente? —preguntó uno.
—¿.極東? —dijo otro.
—¿El de las sacerdotisas? —añadió un tercero, con brillo en los ojos.
Zeus sonrió.
Esa sonrisa
que solo aparecía cuando estaba a punto de causar problemas.
—Exactamente.
Tierras de rituales antiguos, diosas orientales, sacerdotisas, festivales…
—alzando el bastón— y bellezas en kimono por montones.
Hubo un silencio.
Luego…
—¡JEFE, SOMOS PUROS HOMBRES!
—¡ESO ES UNA TRAMPA!—
—¡NOS VAN A EXPULSAR EN CINCO MINUTOS!—
—¡HERA NOS VA A MATAR!—
Zeus se llevó una mano al pecho, ofendido.
—Exagerados....Además, ¿desde cuándo es pecado apreciar la cultura extranjera?—
—¡Desde que usted lo hace! —respondieron todos al mismo tiempo.
En un costado, Bell observaba la escena con curiosidad.
Era el más pequeño del grupo… y el único que no entendía por qué todos estaban tan nerviosos.
A su lado, Hera y Alfia lo rodeaban.
Hera se inclinó lentamente hasta quedar frente a él.
—Bell —dijo con una sonrisa —.
Recuerda bien lo que voy a decirte.
Bell asintió de inmediato.
—En el Oriente verás muchas cosas nuevas.Sacerdotisas amables.
Diosas curiosas.Mujeres que sonreirán demasiado.
Apretó suavemente su mejilla.
—Tú solo sonríes, saludas… y no aceptas nada.
—¿Nada? —preguntó Bell.
—Nada —repitió Hera—.
Si alguien te ofrece té, regalos, collares, bendiciones especiales o “rituales privados”…
me dices su nombre.
Su aura se volvió opresiva.
—Yo me encargo.
Alfia apoyó una mano sobre la cabeza de Bell.
—Y si Zeus intenta usarlo como excusa para quedarse más tiempo… —miró al dios—
te vienes conmigo.
—¡¿POR QUÉ SIEMPRE YO?! —protestó Zeus.
—Porque casualmente —respondió Alfia— tu familia no tiene mujeres.