Hola a todos, mis queridas arepitas.
Primero que nada, quiero pedirles perdón por el silencio de estos días y agradecerles, desde lo más profundo de mi corazón, cada uno de sus mensajes y muestras de cariño. Estoy bien, gracias a Dios. Pero, aunque mi hogar sigue en pie, el dolor de nuestra tierra es inmenso; tengo el corazón roto por las residencias cercanas a la mía que sufrieron daños devastadores y por tantas personas que hoy lo han perdido todo.
Les confieso que no había podido escribirles porque, desde ese momento, el tiempo parece haberse detenido. Vivo en un estado de shock constante; hay momentos en los que mi cuerpo aún siente que la tierra se mueve y el miedo no me ha dejado descansar.
Es difícil procesar que esto realmente esté pasando en nuestro país. Incluso yo, que viví el horror desde mi apartamento escuchando, viendo cómo todo se caía a mi alrededor, viendo los edificios moverse desde mi ventanal, sigo esperando despertar y descubrir que solo fue una pesadilla.
Pero, ante tanta desolación, sus palabras han sido un refugio. A mis lectores en Venezuela, los abrazo con el alma; rezo por ustedes, por sus familias y porque se encuentren a salvo. En momentos como este, nuestra unión es lo único que nos mantiene en pie.
No perdamos la esperanza. Sigamos pidiendo por el rescate de quienes aún esperan bajo los escombros y por la fortaleza de quienes están en la primera línea de ayuda. Somos un pueblo valiente, de gente resiliente, y aunque hoy el miedo nos invada, estoy segura de que, con el apoyo de todos, lograremos levantarnos una vez más.
Los quiero mucho y gracias por estar ahí