Las dudas y los miedos que nacen de no saber si tu esfuerzo tendrá recompensa no son debilidad; son el precio psicológico de tomarte algo en serio. Cuando trabajas a largo plazo —crear, escribir, construir algo que no da frutos inmediatos— tu mente empieza a hacer cuentas crueles: tiempo invertido vs. resultados visibles. Y cuando el balance parece vacío, aparece el miedo.
El existencialismo diría algo incómodo: no hay garantía.
No hay contrato firmado por el universo que diga “si trabajas duro, te irá bien”. Y eso es precisamente lo que vuelve tan angustiante —y tan auténtico— el esfuerzo humano.
Pero hay una diferencia clave entre recompensa externa y sentido interno.
La recompensa externa (dinero, reconocimiento, éxito) depende de factores que no controlas. El mundo es caótico, injusto y a veces ciego. Apostar toda tu identidad a eso es como construir una casa sobre arena.
El sentido interno, en cambio, nace de algo más silencioso: saber que estás siendo fiel a lo que consideras valioso, incluso cuando nadie aplaude. Eso no elimina el miedo, pero lo vuelve soportable. No te salva del cansancio, pero te evita el vacío.
Y ojo: decir esto no significa romantizar el sufrimiento. El miedo a “haber perdido el tiempo” es legítimo. Cansa. Duele. Te hace dudar de ti mismo. A veces hasta te da ganas de soltar todo y vivir en piloto automático. Eso también es humano.
La pregunta importante no es: “¿Y si no recibo nada a cambio?”
Sino: “¿Quién me convierto yo mientras lo intento?”
Porque aunque el mundo no siempre recompensa, el proceso sí transforma. Y nadie puede quitarte eso.
El éxito puede no llegar… pero el haber creado, aprendido, resistido, amado lo que hacías, deja una huella en ti que no depende de aplausos.
Trabajar a largo plazo sin garantías es un acto de fe laica.
No en que todo saldrá bien, sino en que tu vida vale algo incluso si el mundo no lo valida.