Desde esta posición podía ver todas las pecas de su cara, y podía haberlas contado una a una si no es porque ya me las sabía de memoria. Lo que si vi fueron sus ojos, que los tenía muy abiertos. Ese color suave a caramelo ahora estaba algo más opaco, colmado de algo oscuro, tal vez de recuerdos, pero había algo que no había visto nunca porque jamás lo había tenido tan cerca: el color de ojos de Álvaro no era totalmente uniforme, era más claro por el centro del iris, y más oscuro, verdejo en el final. Y en el centro, joder, el centro estaba cubierto de pequeñas motitas brillantes, como si fuera purpurina dorada. Los ojos de Álvaro eran una puta pasada. Ojala se me acercara tanto más veces al día.