Les vengo a contar un cuento.
Hace tiempo, existió una colonia de ratas codiciosas, infames y enfermas. Portaban sangre putrefacta, vivían con un hambre insaciable. Se reproducían sin descanso y todas nacian defectuosas. Prostituían a sus crías, las vendian, las mataban y violaban a las más pequeñas. Entre ellos mismos se apareaban con seres de otras especies, todo de una manera repugnante.
Una de esas ratas, harta de la decadencia que la rodeaba, decidió abandonar el nido. Combatió, sufrió y aguantó hasta que encontró su recompensa. Fue feliz, pero después de un tiempo. la rata extraño su nido y regresó a perdonar a su antigua colonia que tuvo un cambio entre la civilización gracias a ella, que les sació el hambre. Les ofreció algo que nunca habían conocido: honor y dignidad. Transformó el nido en una colonia de prestigio. Empezaron a codearse con criaturas poderosas y dejaron atrás su existencia miserable. Ella, la salvadora, les dio una nueva vida.
Pero tenerlo todo no era suficiente para las ratas. Estaban tan dañadas que las malditas se fijaron en una criatura inocente, pequeña. Se inventaron un juego: consistía en ponerle vestidos, le hacían moños, le pintaban los labios... y luego se aparearon con ella. La criatura no sabía la gravedad de lo que le hacian. porque confiaba en ellos y confiaba en la rata que la llevaba a la colonia. Cada rata que cogía a la criatura le hacía una marca. Con la herida, sabían en cuánto tiempo podían volver a aparearse con ella. Durante meses, esa criatura creyó que lo ocurrido era normal. Las ratas le hacían pensar que la querían y día a día le demostraban «su amor».