Entrar a las redes sociales en medio de esto se ha vuelto un arma de doble filo: pueden ser un salvavidas para coordinar ayuda o un vertedero de desinformación y chistes miserables llenos de ignorancia, lanzados desde la comodidad de quienes no sintieron el suelo partirse en dos.
Pero yo, como muchos, no tuve tiempo de elegir qué ver, porque la realidad me golpeó en la cara antes de que pudiera procesarlo.
Qué dolor haber abierto TikTok y encontrarme, con un video de mi compañero de clases siendo sacado vivo de entre los escombros, y preguntando por su familia. Y al mismo tiempo, haber tenido que tomar el control para avisar a todos los que pude, buscando desesperadamente la manera de contactar a los familiares de quienes seguían desaparecidos.
Qué dolor haber recibido la llamada de mi tía y respirar aliviado pensando que mi familia estaba a salvo, solo para descubrir minutos después que ella y mi primo estuvieron en el ascensor, en el piso siete, cuando todo empezó. Que el una guaya se haya soltado y quedaran colgando entre planta baja y el primer piso, para fueran sus propios vecinos, con las manos vacías, quienes lograron rescatarlos. Y al lado de eso, el compañero de mi primo en la fundación, sigue desaparecido junto a su mamá en La Guaira, sin que nadie pueda dar con ellos.
Qué dolor ver a mi padre recibir llamadas de un amigo que estaba en su apartamento en La Guaira, Ese amigo solo tuvo tiempo de agarrar a su hija de 7 y a su esposa de la mano y bajar doce pisos corriendo con el terremoto encima, viendo cómo las paredes se desmoronaban a su paso. Casi pierde a su hija al chocar contra una pared, y para cuando por fin llegaron abajo, el edificio se derrumbó entero frente a ellos. Se montaron en su camioneta, veinte personas se apretujaron en el cajón, y él manejó sin pensar, sin sentir, hasta que llegó a una plaza en Caracas.