Prólogo
A veces el amor no se rompe por falta de sentimiento, sino por exceso de verdad.
Bárbara lo supo aquella tarde en que decidió hablar. Lo supo antes incluso de tocar la puerta, cuando sus manos temblaban no por miedo, sino por certeza. Había orado demasiado para confundir esa respuesta. Dios no siempre quitaba el dolor, pero sí aclaraba el camino.
Amar a Freen había sido un regalo y una herida. Un amor silencioso, escondido entre miradas largas, tardes compartidas y besos dados a medias, siempre con la urgencia de quien ama a escondidas. Bárbara ya no podía vivir así. Su fe no le permitía seguir partiendo su alma en dos: una para el amor, otra para la apariencia.
Cuando Freen abrió la puerta, el mundo se detuvo por un instante. Porque el amor seguía ahí. Intacto. Pero ya no suficiente.